Honda, Suzuki, Kawasaki y Yamaha son los cuatro grandes de Japón; las marcas que han cimentado la historia del motociclismo nipón y mundial. A ellas, prácticamente, les debemos si no todo, gran parte del mundo de las dos ruedas, en la calle y en los circuitos.
Sin embargo, hubo un momento en la historia en el que Japón no eran solo los 'Big Four' (como se les llama comúnmente). A finales de los años '40 y durante toda la década de los '50, el país vivía una explosión industrial en la que decenas de fabricantes intentaban hacerse un hueco en el mundo de la moto. Toyota... o Marusho.
Una marca brillante que apostó por la ingeniería… cuando el mercado solo quería motos baratas
Seguro que te suena Hamamatsu; es la prefactura en la que Suzuki tiene su sede, y muchas veces nos referimos a ella en los medios como "la fábrica de Hamamatsu". Pues justo allí compartían localización, y sueños por jugar en la liga de los gigantes. ¿La diferencia? Que uno sobrevivió (hasta hoy) y otro no.
Hay que remontarse a 1948, en el mismo lugar en el que salieron algunos de los nombres más importantes de la industria de la moto mundial. En el caso de Marusho, su fundador fue Masashi Ito, que venía del mundo de la mecánica y no quería seguir el camino de otros fabricantes.
Por ejemplo, Soichiro Honda (fundador de Honda) se dedicó a construir su imperio apostando por motos sencillas, fiables y asequibles para todo el mundo. Un poco como el resto de japoneses, a decir verdad. Sin embargo, Ito, prefirió apostar por la dirección opuesta (y a juzgar por la historia, errónea): más ingeniería, motos complejas y soluciones técnicas que para la época, eran muy poco habituales.
Tan poco habituales eran sus soluciones casi como ahora: en sus motos, las Lilac, en una época en la que todos recurrían a las transmisiones por cadena, Marusho apostó por el cardán como seña de identidad. Algo tan 'premium' y sofisticado hoy en día (hasta el punto de que hay gente que solo busca y compra motos con cardán) ya existía hace casi 80 años.
También experimentó con distintas configuraciones mecánicas: desde monocilíndricos inspirados en diseños europeos hasta motores más sofisticados, incluyendo un bicilíndrico en V longitudinal, algo prácticamente inédito en el Japón de entonces.
¿El problema? Que era tan avanzado y caro, que murió de éxito. Pero eso es el spoiler, porque al principio, y durante un tiempo, la jugada les salió bien; modelos como la Baby Lilac ayudaron a popularizar la marca con una propuesta accesible y fácil de conducir, incluso pensada para un público femenino en una época donde eso apenas se contemplaba.
Luego hubo otro escaparate, que hablando de las motos no podría ser otro que el de la competición. Porque sí, Marusho también compitió en motos, y lejos de quedar en el olvido, los nipones consiguieron victorias importantes que reforzaron su imagen y demostraron que, técnicamente, no solo estaban a la altura de cualquiera, sino que eran superiores.
Pero a medida que pasaban los años '50, la industria fue avanzando en cuanto a procesos que se podrían resumir en producir mucho, rápido y barato. Y las Marusho eran todo lo contrario en una época en la que también la expansión internacional y las economías de escala empezaron a premiar a las marcas.
Sus motos eran extraordinarias técnicamente, y precisamente eso les llevó a la ruina. Eran más elaboradas y costosas, y claro, no podían competir en precio ni en volumen con las de Honda, Yamaha o Suzuki, que ya estaban construyendo estructuras industriales mucho más potentes. Lo que al principio empezó siendo una virtud acabó siendo la tumba de la propia marca.
De no haber sido así, hoy estaríamos hablando de los 'Big Five' y no de los 'Big Four'. Honda, Suzuki, Yamaha, Kawasaki... y Marusho. A finales de los años '60, la situación financiera de la empresa era ya insostenible y en 1967 los nipones abandonaron la fabricación de motos para desaparecer del mapa, dejando atrás una historia breve pero intensa.
Vista con perspectiva, Marusho fue esa quinta marca japonesa que quiso jugar a otro juego cuando el mercado ya había decidido las reglas: apostaron por la ingeniería en un momento en el que lo que importaba era la producción masiva, y aunque no logró sobrevivir, su historia sirve para entender que, incluso en una industria dominada por gigantes, hubo quien intentó hacer las cosas de otra manera.
Imágenes | Marusho-Lilac
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