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Redescubriendo el placer de rodar con motos de pequeña cilindrada

Redescubriendo el placer de rodar con motos de pequeña cilindrada
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Aunque a veces me gustaría retroceder unos añitos el calendario, el paso del tiempo no tiene remedio y ya van más de dos décadas y media que montó en moto. Todo empezó con una entrañable Derbi TT-8 de 75 cc (a saber dónde estará, con lo que me gustaría tenerla ahora en mi garaje…) y después una Yamaha SR 250 Special granate que me acompañó durante un montón de años. Fue con ella con la que me inicié en los viajes en moto.

Pero el tiempo pasa y parece que la tendencia irremediable es engordar las motos. Entre las motos que tengo ahora se puede contar una BMW R1200GS Adventure o una Yamaha MT-01. Vamos, unos monstruos. Bueno, unos monstruos encantadores que me encantan y con los que disfruto muchísimo. En un año, le he hecho 35.000 kms a la Adventure y unos 12.000 a la MT-01. No las dejo quietas. Y uno se acostumbra a viajar con peso, potencia, tamaño…

Con la Adventure empecé a retomar el gustillo por el Off-road que había hecho años atrás con la mentada Derbi TT-8 y sobretodo con una Honda XR600 con la que hice buenos viajes trail. Luego, también hice algunos caminos con varias Honda TransAlp y una Honda AfricaTwin. De nuevo, esa irrefrenable tendencia a “caballo grande”. Pues eso, que volví a aficionarme a las pistas, el polvo y el barro con la GS. Y no puedo negar que siempre me ha sorprendido la nobleza de la “vaca” fuera de la carretera. Pero el sentido común, y un viaje por las pistas de Marruecos, me hizo ver que yo no tenía nivel suficiente para ir haciendo caminos con una moto de 280 kilos. Hacen falta muchas tablas para llevarla como he visto llevarla a algunos de mis amigos de GSTrail (un saludo para los maestros Pifa, Edu Camps, Jou…).

Así que empecé a mirar cosas más pequeñas y así fue como acabé con una preciosa y poco conocida BMW x650 Challenge, una trail-enduro bastante más ligera que la GS. En una segunda escapada a Marruecos descubrí que había ganado en comodidad y capacidad sobre la arena en la misma proporción en que perdía kilos. Pero al volver a Catalunya y apuntarme a un par de escapadas dominicales con la Challenge, descubrí que seguía siendo un “caballo demasiado grande”. Es decir, adecuado para arena y pistas largas y rápidas, pero todavía demasiado grande para las trialeras y senderos catalanes.

Finalmente, el fin de semana pasado estuve disfrutando de una preciosa Yamaha WR 250 en una nevada excursión. Redescubriendo el placer de la ligereza. De una moto sencilla que hace las cosas fáciles. Cuando quiere irse, basta una insinuación y vuelve a la trazada. Y si el tema se pone crudo, una patada al suelo devuelve a la verticalidad. Me pude centrar en disfrutar de la moto sin miedo a caerme. La verdad es que este fin de semana pasado estuve disfrutando como un enano con la pequeña Yamaha sobre los caminos nevados de la Cataluña central.

yamaha250pau2.jpg

Además, en los meses pasados he participado 3 veces en las divertidas series que organiza la gente de ZK en un circuito de tierra sobre las pequeñas Honda XR 100. La primera ve que las vi todas alineadas tan pequeñas desconfié un poco de lo que se podía hacer con ellas. Craso error. Lo que puede hacerse con ellas es divertirse de lo lindo con poco riesgo. Pasadas, repasadas, frenadas, derrapadas y caídas de las que te levantas sacudiéndote el polvo y arrancando de nuevo la moto. Una vez más, la diversión no está en el “caballo grande”. Y una más todavía: mi propia y buena experiencia con las Quantya eléctricas que quizás deben tener un rendimiento similar a una 125 cc.

Alguien puede estar pensando a estas alturas que las pequeñas cilindradas son cosa del off-road. Y en cierto modo, puede ser así. Pero una de las cosas más sorprendentes del año pasado fue la divertida prueba que hice para Moto22 de la Honda VTR 250. Apenas 30 caballos de potencia. Pero que divertidos y bien aprovechados están. Como disfruté por las carreteras del Priorat con esa moto. Recuperando las sensaciones de poder roscar el gas sin contemplaciones. De la sensación de ir a fondo todo el rato. De no tener que dosificarte con el acelerador. La VTR 250 me dejo buenísimas sensaciones, como os describí en su día en la prueba, y mentiría si no os dijera que llegué a pensar en comprarme una. Pero el garaje de casa está a rebosar.

vtr_pau.JPG

En fin, que he comprobado en primera persona que las cilindradas pequeñas encierran muchas más dosis de diversión de lo que parece a primera vista. Por algo lo dice el refrán: “en el pote pequeño…”. No siempre es mejor el “caballo grande”.

De todos modos, para ir a Estambul en julio creo que utilizaré la GS Adventure…

En Moto22 | Honda VTR 250, la prueba (1/4). Un mito renacido
En Moto22 | Disfrutando de las motos eléctricas off-road en QuantyaPark (I)

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