A casi 300 km/h en sidecar, con ruedas de coche y un tío rozando la cabeza contra el suelo. Las carreras más locas del mundo no son las de MotoGP

Las carreras de sidecar combinan ingeniería peculiar y una coordinación extrema entre piloto y pasajero para mantener el equilibrio a más de 250 km/h

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John Fernández

Últimamente en las redes sociales se anda moviendo un vídeo épico que anda desconcertando a aficionados y no aficionados al mundo de la moto. Y es de una de las disciplinas más raras y bestias del planeta. A grosso modo, se puede ver a un sidecar cuyo copiloto está enteramente descolgado del sidecar, tocando prácticamente con la cabeza en el piano.

Vale que tienen tres ruedas, pero siguen siendo motos. Estas motos son capaces de superar 250 km/h y que, a diferencia de cualquier otra moto de competición, necesitan dos personas para funcionar: un piloto y un pasajero que se mueve constantemente para mantener el equilibrio. Sin él, nada tendría sentido.

Máquinas asimétricas que solo funcionan si dos personas pilotan como una

Si hay un lugar en el que se lleva al límite esta disciplina, ese lugar es en el TT de la Isla de Man, uno de los eventos más peligrosos del mundo. Y para quienes no lo sepan, los sidecar de competición actuales (conocidos como "outfits") poco tienen que ver con las motos con sidecar tradicionales. Son prototipos diseñados exclusivamente para competir, con una carrocería muy baja, aerodinámica trabajada y una configuración completamente diferente a la de una moto de toda la vida.

La más popular es la categoría F2, y una de las más habituales. En ella utilizan motores tetracilíndricos de 600 cc derivados de motos deportivas, con potencias en torno a los 130 CV. El conjunto pesa alrededor de 350 kg incluyendo piloto y pasajero, y puede superar con facilidad los 260 km/h.

El truco... O la magia, depende de cómo se mire. La tracción llega únicamente a la rueda trasera situada detrás del piloto, mientras que la dirección se controla con un pequeño manillar conectado a la rueda delantera. A diferencia de una moto, montan neumáticos slick planos, más parecidos a los de un coche que a los de una moto, lo que proporciona una superficie de contacto mucho mayor con el asfalto.

Pero la verdadera diferencia está en cómo se conducen. Y es que en un sidecar no basta con un gran piloto; hace falta también un pasajero, y su papel es absolutamente esencial. Su trabajo consiste en desplazarse constantemente sobre la moto para equilibrar el conjunto, algo necesario porque el vehículo no es simétrico: dos ruedas están alineadas y la tercera se encuentra en un lateral.

Eso provoca que el comportamiento cambie completamente según la dirección de la curva. En las curvas a derechas el conjunto se apoya sobre la rueda lateral del sidecar, lo que aporta estabilidad. En las curvas a izquierdas, en cambio, todo el vehículo tiende a levantarse, por lo que el pasajero debe colgarse del lado contrario para mantenerlo pegado al asfalto. Verlo es hasta surrealista.

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Pero, ¿cómo funciona en la práctica? Pues el pasajero pasa la carrera trepando por la moto como si estuviera escalando; en las rectas se esconde detrás del piloto para reducir la resistencia al aire; en las frenadas se incorpora para aumentar la resistencia aerodinámica y ayudar a detener la moto. Y en cada curva debe colocarse en el punto exacto para que las ruedas mantengan el agarre.

Todo esto ya sería impresionante en un circuito cerrado, pero en el TT de la Isla de Man la situación se vuelve mucho más extrema. El trazado del Snaefell Mountain Course tiene más de 60 kilómetros de longitud y cerca de 200 curvas. La carretera atraviesa pueblos, pasa junto a muros y aceras y sube por tramos de montaña llenos de cambios de rasante y curvas ciegas. Solo un dato para entender lo absurdo del asunto: las medias de velocidad en los 60 km son de 190 km/h.

Pero lo más bestia de todo es que los pasajeros ni siquiera ven con claridad la carretera. Aprenden a memorizar el circuito y a sentir los baches para anticipar cuándo deben moverse.

Así que al piloto no le queda otra que confiar en que su compañero estará en el lugar correcto en el momento preciso, y el pasajero debe confiar en que la velocidad de entrada en la curva es la adecuada. Si en los rallies de coches ya se confía en el copiloto, imagina el nivel que han de tener aquí.

Imágenes | TT, Pittsburgh Moto

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