Hay historias que parecen imposibles de inventar, y esta es una de ellas. Porque no estamos hablando de un pequeño inversor que tomó una mala decisión o de un empresario excéntrico fascinado por las motos italianas; estamos hablando del mayor fabricante de automóviles de Malasia, una compañía respaldada durante años por el propio Estado y que soñaba con convertirse en una potencia tecnológica mundial.
Y, sin embargo, terminó huyendo de una de las marcas más legendarias del motociclismo... regalándola por un euro.
El euro más caro de la historia del motor
A comienzos de los años 2000, Proton atravesaba una crisis de identidad. Había nacido en 1983 como proyecto nacional malasio y durante décadas dominó su mercado gracias a la protección gubernamental. Pero el mundo estaba cambiando.
Los fabricantes japoneses avanzaban, los aranceles se reducían y Proton empezaba a entender que fabricar coches sencillos utilizando tecnología ajena ya no era suficiente: necesitaban prestigio, tecnología propia... convertirse en algo más.
Y entonces apareció MV Agusta. En 2004, pocas marcas podían presumir del aura de la firma de Varese. MV Agusta era Giacomo Agostini. Era la espectacular F4 diseñada por Massimo Tamburini. Era exclusividad italiana, altas prestaciones y una herencia deportiva que cualquier fabricante habría querido tener en su escaparate.
El problema es que, detrás del mito, las cuentas estaban completamente destrozadas. La etapa de Cagiva había dejado una situación financiera delicadísima y Claudio Castiglioni llevaba años intentando mantener el proyecto con vida. Incluso se exploraron posibles acuerdos con Piaggio, pero ninguno llegó a buen puerto.
Hasta que apareció Proton. Proton creyó que estaba comprando ADN deportivo, así que en diciembre de 2004, Proton adquirió alrededor del 57,7% de MV Agusta por unos 70 millones de euros.
La operación tenía lógica... al menos sobre el papel, porque no compraban únicamente motos, sino algo más valioso: ingeniería, conocimiento, imagen... O eso pensaban pporque poco después de firmar comenzaron a aparecer las cifras reales, y eran mucho peores de lo esperado.
Habían comprado una bomba de relojería: MV Agusta arrastraba más de 107 millones de euros de deuda y necesitaba inyecciones constantes de dinero para seguir funcionando.
Proton comenzó a asumir provisiones adicionales relacionadas con MV Agusta por valor de cientos de millones de ringgit. Y cuanto más analizaban la situación, más evidente resultaba el problema: si la compañía italiana terminaba quebrando, las responsabilidades financieras podían multiplicarse todavía más.
La supuesta puerta de entrada a la élite tecnológica se había convertido en un pozo sin fondo, y entonces tomaron una decisión drástica: un año después, Proton reconoció implícitamente la derrota. En diciembre de 2005 comunicó que vendía su participación en MV Agusta a la firma financiera italiana GEVI.
El precio de venta fue de un euro; aquel euro escondía una realidad muy distinta a la que sugería el titular porque GEVI asumía la deuda acumulada, las necesidades futuras de financiación y la continuidad operativa del grupo, compromisos valorados en torno a 139 millones de euros. Traducido al cristiano: Proton prefirió asumir una humillación pública antes que seguir quemando dinero.
El escándalo que sacudió Malasia
La operación provocó una enorme polémica en el país asiático, pues, ¿cómo era posible que una empresa nacional hubiera pagado 70 millones por una compañía, asumido pérdidas millonarias y, apenas un año después, la regalara por un euro?
El caso llegó al debate político y se convirtió en símbolo de decisiones precipitadas, exceso de optimismo y una gestión estratégica muy cuestionada.
Imágenes | Proton, MV
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