Hay frases que cualquier motero ha escuchado alguna vez, aunque nadie sepa muy bien quién las dijo primero. Algunas son simples bromas de bar. Otras, sin embargo, esconden más verdad de la que parece. Y una de las más repetidas es esa que asegura que "nunca verás una moto aparcada en la puerta de un psicólogo".
La frase siempre se ha utilizado medio en serio y medio en broma; una forma de explicar a quien no monta por qué, después de un mal día, muchos acaban poniéndose el casco y saliendo a rodar sin un destino demasiado claro. Como si una hora de carretera ayudase a recolocar ciertas cosas ahí dentro.
Porque resulta que hay ciencia detrás de esa sensación
Lo admito: llevo dos meses sin moto, porque la vendí, y le estoy buscando una sustituta. Quizá una CBR600RR, o quizá una 1.000 cc de ‘las de antes’. Está por ver. Lo que me está pasando me ha hecho escribir este artículo: me está afectando psicológicamente no poder salir en moto. O al menos, en comparación, antes (con una) era mucho más feliz, y me planteaba la vida de otra manera. Ahora no.
Evidentemente, la moto no sustituye a un profesional de la salud mental. Tampoco sería responsable decir que sirve para tratar ansiedad o depresión. Pero eso no significa que todo lo demás sea un cuento inventado por románticos del motociclismo.
El concepto de "psicolocasco" se popularizó gracias a Charly Sinewan y su libro El mundo en moto con Charly Sinewan (que por cierto, ahora ha vuelto a las andadas sobre una nueva Desert X). Y, más allá de lo acertado del nombre, lo curioso es que investigadores de la UCLA y Harley-Davidson decidieron estudiar qué ocurre realmente en nuestro cuerpo cuando montamos en moto.
Los resultados llamaron bastante la atención. Según aquel trabajo, conducir una moto redujo algunos biomarcadores hormonales relacionados con el estrés en torno a un 28%. Al mismo tiempo, aumentó la frecuencia cardíaca un 11% y elevó los niveles de adrenalina cerca de un 27%, cifras similares a las que puede provocar una actividad física ligera.
Dicho de otra manera: el cuerpo se activa, pero la cabeza parece salir beneficiada, y ahí es donde aparece la gran paradoja: sobre el papel, conducir una moto exige más atención que muchas otras actividades cotidianas. Hay que interpretar el tráfico, vigilar el estado del asfalto, anticipar movimientos ajenos, gestionar la frenada o decidir una trazada. Sin embargo, muchos motoristas describen precisamente lo contrario cuando llegan a casa…
Se sienten más despejados, quizá porque el problema no sea el estrés en sí, sino el tipo de estrés al que nos hemos acostumbrado.
Vivimos rodeados de notificaciones, mensajes pendientes, reuniones, vídeos cortos y estímulos constantes; cenamos mirando el móvil, caminamos escuchando un podcast y contestamos mensajes mientras pensamos en lo que tenemos que hacer mañana. Estamos en todas partes... menos donde estamos.
Encima de una moto eso resulta bastante más complicado porque no puedes responder mentalmente un correo mientras enlazas curvas. Tampoco puedes quedarte atrapado durante diez minutos en una discusión imaginaria si tienes que estar pendiente del coche que circula delante o del conductor que acaba de incorporarse. Simple y llanamente, no queda espacio para tantas cosas a la vez.
De hecho, el propio estudio observó mejoras en el enfoque sensorial comparables a las diferencias que suelen apreciarse entre personas acostumbradas a practicar técnicas de atención plena y quienes nunca lo hacen.
Y quizá ahí esté la explicación más sencilla de todas: puede que el famoso psicolocasco no tenga nada de mágico. Puede que no sea la velocidad ni la adrenalina. Ni siquiera el ruido del motor.
Tal vez lo extraordinario sea disponer, aunque solo sea durante veinte minutos, de un lugar donde el cerebro no tenga más remedio que estar exactamente donde está. El casco puesto. Las manos en el manillar. El sonido del motor. La siguiente curva. Y resulta que, para una mente acostumbrada a vivir repartida entre mil sitios a la vez, eso vale bastante más de lo que imaginábamos.
Imágenes | Captura, Motorpasión Moto, Seventy Degrees
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