Se gastó su fortuna para humillar a Honda y Ducati, pero creó una moto tan radical que se quemaba en los semáforos, literalmente

Quiso fabricar la mejor moto del mundo sin importar el dinero y terminó creando una de las máquinas más extravagantes jamás construidas

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John Fernández

Hay motos que nacieron para vender miles de unidades y otras que simplemente aparecieron porque alguien decidió ignorar cualquier lógica empresarial. La Van Veen OCR 1000 pertenece justo a esas, y su historia es muy molona.

Su creador, Henk van Veen, era uno de los importadores de motos más importantes de Europa, pero un día decidió que no quería vender motos de otros. Quería construir la mejor del planeta. Sin límites, sin concesiones y sin mirar la cuenta bancaria.

Un Wankel para mandar

El resultado fue una superbike que parecía llegada del futuro: un enorme motor rotativo de doble rotor, casi 100 CV cuando muchas deportivas apenas soñaban con esas cifras (detalle importante), transmisión por cardán con piezas desarrolladas por Porsche, frenos Brembo, llantas Ronal y una suavidad de funcionamiento que los periodistas describían como pilotar una turbina.

Y, en cierto modo, no iban desencaminados porque su propulsor Wankel entregaba la potencia de una forma tan lineal que parecía no tener vibraciones ni golpes de par. Simplemente aceleraba... y seguía acelerando.

Pero aquella maravilla escondía un pequeño problema. Bueno, varios. Y se podría resumir tan bien como que una moto tan caliente que se convirtió en leyenda.

¿Cómo? Pues que los motores rotativos siempre han tenido fama de generar muchísimo calor, pero la Van Veen llevó esa característica al extremo.

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Después de una conducción alegre, los enormes escapes podían alcanzar temperaturas tan altas que llegaban a ponerse literalmente al rojo vivo. Entre aficionados y probadores empezó a circular una historia que terminó convirtiéndose en una leyenda: en los semáforos irradiaba tanto calor que podía dañar la pintura del coche que tuviera al lado.

Y no era el único inconveniente. Mientras el resto del mundo empezaba a preocuparse por consumir menos combustible después de la crisis del petróleo, aquella bestia gastaba gasolina como un coche deportivo de gran cilindrada. Era pesada, compleja y costaba una auténtica fortuna.

Quería fabricar 2.000 al año... y sólo salieron 38, porque sí, el plan original era producir unas 2.000 motos anuales, sin embargo, la realidad fue mucho más cruel.

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Entre 1976 y 1981 apenas llegaron a ensamblarse 38 unidades, una cifra tan ridícula que hoy convierte a la Van Veen OCR 1000 en una de las motos más exclusivas del planeta.

Cada una costaba el equivalente a un coche de lujo y, para empeorar la situación, el mismo motor procedía del fallido proyecto Citroën GS Birotor. Cuando la empresa Comotor dejó de fabricar aquellos propulsores, Van Veen se quedó sin suministro y sin futuro. Intentó comprar licencias, continuar la producción y salvar el proyecto, pero era demasiado tarde.

Lo curioso es que la OCR 1000 era una moto adelantada a su tiempo. Alcanzaba más de 220 km/h, aceleraba como un misil y ofrecía una experiencia completamente distinta a cualquier japonesa de la época. Sin embargo, llegó justo cuando el mercado quería motos sencillas, económicas y fiables.

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Van Veen ofrecía exactamente lo contrario: una máquina experimental, carísima, sedienta de combustible y con una tecnología que pocos talleres sabían reparar.

Su creador acabó perdiendo millones intentando demostrar que el motor rotativo podía conquistar el mundo de las dos ruedas. No lo consiguió.

Pero dejó para la historia una moto tan extravagante que todavía hoy sigue pareciendo un experimento imposible: una superbike con alma de turbina, casi 300 kilos de peso y unos escapes capaces de convertirse en brasas mientras esperaba el verde de un semáforo.

Imágenes | ZXMOTO, Kove

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