Durante décadas se ha hablado de la moto como símbolo de libertad, de rebeldía o de evasión. Pero hubo un momento en la España de posguerra en el que una moto fue, literalmente, una herramienta cultural. No para huir, sino para llegar. No para correr, sino para quedarse, tal y como recoge SINC.
Y la protagonista de esa historia no fue una marca ni un ingeniero, sino nuestra Gloria Fuertes subida a una Vespa, cargada de libros y con destino a los pueblos donde nadie más estaba llegando.
Cuando una Vespa llevaba libros: la moto con la que Gloria Fuertes hizo cultura
En los años 50, mientras el país seguía marcado por el aislamiento, la pobreza y un acceso a la cultura profundamente desigual, Gloria Fuertes encontró en la moto algo más que un medio de transporte. La Vespa era ligera, fiable y lo bastante práctica como para meterse por caminos de tierra, detenerse en una plaza y abrir su portaequipajes como quien abre una ventana. Dentro no había herramientas ni recambios. Había cuentos.
No era una acción institucional ni un proyecto oficial. Era algo mucho más simple y, precisamente por eso, más radical. Junto a su pareja de entonces, la hispanista norteamericana Phyllis Turnbull, Gloria empezó a llevar libros infantiles a pueblos de la sierra de Madrid donde apenas había escuela y donde una biblioteca era, directamente, ciencia ficción. Compraban los libros con su propio dinero, los cargaban en la moto y los prestaban sin fichas, sin carnés y sin fechas límite. "Te los llevas, ya me los devolverás".
La Vespa se convirtió así en una biblioteca rodante cuando nadie hablaba de bibliobuses ni de planes de fomento de la lectura. Era una moto haciendo de infraestructura cultural en un país donde esa infraestructura no existía. Y eso cambia bastante la forma en la que solemos mirar a las motos clásicas: no como objetos de diseño o nostalgia, sino como herramientas sociales.
Hay fotos de Gloria en Chozas de la Sierra, hoy Soto del Real, posando con su Vespa entre niños. No parece una escritora famosa ni una intelectual al uso. Parece alguien del pueblo que llega con algo que merece la pena compartir. Ese detalle es clave. La moto no marcaba distancia, la acortaba.
Años después, Gloria escribiría: "Dios me hizo poeta y yo me hice bibliotecaria". Y también recordaría esa etapa hablando de su "maletilla de las letras", una imagen que hoy encaja de forma casi perfecta con la idea de una moto cargada hasta arriba de libros recorriendo carreteras secundarias. No era una metáfora. Era literal.
En un país con un analfabetismo todavía muy alto y con una red cultural inexistente en el ámbito rural, aquella Vespa hizo lo que no hacían los coches oficiales ni las instituciones. Llegó a los niños. Les habló. Les dejó tocar los libros, llevárselos a casa, perderles el miedo. Probablemente fue uno de los primeros contactos de Gloria Fuertes con el mundo infantil desde dentro, mucho antes de convertirse en el referente televisivo que vendría después.
También hay algo profundamente moderno en esa historia si se mira desde hoy. Una moto pequeña, económica, usada para democratizar el acceso a la cultura. Sin épica impostada, sin grandes discursos. Solo kilómetros, polvo y libros. En tiempos en los que asociamos la moto a cifras de potencia, tecnología o marketing, conviene recordar que también ha servido para cosas mucho más importantes.
La biblioteca ambulante terminó cuando Gloria se marchó a Estados Unidos con una beca Fulbright, pero su recuerdo quedó grabado en la memoria del pueblo, más que en los archivos. Y quizá ahí esté la clave. Las motos no siempre dejan huella en museos. A veces la dejan en las personas.
Imágenes | Archivo Gloria Fuertes
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