Hace 16 años un español inició la vuelta al mundo en moto más épica que existe. La ha acabado ahora en el lugar más simbólico

No fue un final épico, sino una parada consciente: cumplir la promesa, bajar el ritmo y decidir qué viene después

Sinewan
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John Fernández

16 años se dicen pronto. Pero 16 años sobre una moto no se cuentan en tiempo, se cuentan en kilómetros, en fronteras cruzadas con el estómago encogido, en noches sin saber dónde dormir y en mañanas en las que todo vuelve a tener sentido al girar la llave. 16 años de una promesa personal que no tenía forma ni calendario, solo una dirección clara: seguir rodando hasta el final del mundo.

Ese final tenía nombre propio desde hacía tiempo. Tierra del Fuego. Y más allá del símbolo geográfico, una ciudad que pesa como pocas en el imaginario motero: Ushuaia. Hasta allí ha llegado Charly Sinewan tras una vuelta al mundo por etapas que ha marcado a varias generaciones de motoristas.

El viaje que empezó sin plan y terminó en Tierra del Fuego

No fue un viaje lineal ni un proyecto cerrado desde el principio. Al contrario. Todo arrancó en 2009, casi como una huida hacia delante, cuando salió de Madrid rumbo a Australia sin saber que aquel trayecto de 40.500 kilómetros iba a cambiarlo todo. Ni que aquel blog escrito casi como un desahogo acabaría creando una comunidad. Ni que la moto se convertiría en su forma de estar en el mundo.

Desde entonces, la historia se fue escribiendo a base de etapas: África, Asia, América. Siempre en moto. Siempre con la incertidumbre como compañera. Siempre con esa mezcla de miedo y fascinación que solo entiende quien ha rodado sin red durante semanas o meses. La moto no era un medio de transporte. Era el hilo conductor de una vida distinta, una forma de explorar países y, sobre todo, de explorarse a uno mismo.

Llegar a Tierra del Fuego no fue una meta explosiva ni un final épico al uso. Fue algo mucho más íntimo. Cruzar el estrecho de Magallanes, rodar por Porvenir, adentrarse en esos bosques que parecen detenidos en el tiempo, sentir esa luz especial del sur. Y, cuando Ushuaia estaba a apenas unos kilómetros, frenar. Literalmente. No llegar. Escuchar al instinto. Dormir una noche más fuera del final.

Porque este viaje nunca ha ido solo de llegar. Ha ido de lo que pasa cuando no llegas. De la gente anónima que te abre su casa sin conocerte. De una comida compartida cuando el plan se cae. De entender que la moto te lleva lejos, sí, pero también te obliga a parar cuando algo dentro no encaja.

Ushuaia terminó siendo lo que tenía que ser: un punto y aparte. El cierre simbólico de una etapa que empezó hace 16 años y que Charly se prometió terminar allí, con 50 años y en 2025. Promesa cumplida. Pero no como un final rotundo, sino como una pregunta abierta. ¿Y ahora qué?

La moto se queda en Tierra del Fuego, en zona franca. Puede ser por semanas, meses o un año. El viaje, de algún modo, se detiene. El ruido baja. Y aparece algo que durante 16 años había estado en segundo plano: la necesidad de decidir sin huir hacia delante. De volver a tener un rumbo, aunque no haya un plan cerrado.

Desde luego que si algo deja claro esta historia es que viajar en moto no es (solo) acumular países ni tachar destinos. Es construir una relación con el tiempo, con el miedo, con la libertad y con uno mismo. Y eso no se termina al llegar al cartel de una ciudad, por muy al sur que esté.

Ushuaia (el fin del mundo, lo llaman) no ha sido el final de una vuelta al mundo. Ha sido el lugar donde una vida sobre dos ruedas se permite parar, mirar atrás y, por primera vez en mucho tiempo, pensar hacia dónde quiere rodar después.

Enhorabuena, Charly, de corazón.

Imágenes | YouTube

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