A 200 km/h en una bici con un motor V8 de avión. Hace 100 años alguien pensó que era buena idea, y ahora vale una millonada

Una réplica funcional de la Curtiss V8 recuerda cómo, a principios del siglo XX, la velocidad extrema no era tecnología refinada sino puro coraje

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John Fernández

Hace más de un siglo, cuando la velocidad todavía no se medía en likes ni en hojas de Excel, a alguien se le ocurrió una idea que hoy sigue sonando a locura: coger un motor V8 pensado para volar y colgarlo de algo que, en el fondo, seguía siendo una bicicleta. No para experimentar. No para aprender. Para correr más que nadie.

En 1907, hablar de 200 km/h no era una cifra anecdótica. Era una frontera psicológica. Hoy cualquier moto moderna alcanza esa velocidad con una facilidad casi insultante: estabilidad, frenos sobredimensionados, neumáticos que parecen pegarse al asfalto y una electrónica vigilando que no te pases de la raya. Entonces no había nada de eso. Solo metal, gasolina y una confianza casi ingenua en que todo aguantase un poco más.

Una bicicleta con un V8 y ninguna red de seguridad

La Curtiss V8 nació en ese contexto. No como una moto en el sentido moderno, sino como un artefacto con dos ruedas y una obsesión muy clara: ser el más rápido del mundo. Glenn Curtiss, pionero de la aviación y de la mecánica cuando ambas disciplinas todavía se estaban escribiendo sobre la marcha, decidió que un enorme V8 aeronáutico de cuatro litros era la herramienta adecuada para lograrlo. Un motor que rondaba los 40 CV, una cifra que hoy no impresiona a nadie, pero que en su época era dinamita pura.

El resto del conjunto parecía casi una broma pesada. Un chasis más cercano al de una bicicleta reforzada que al de una motocicleta, ruedas que hoy provocarían sudores fríos a cualquier ingeniero y frenos que eran poco más que un acto de fe. No había margen de corrección. Si algo salía mal, no había plan B. Era avanzar o asumir las consecuencias.

Y aun así, los números que se le atribuyen siguen resultando incómodos incluso hoy. Más de 200 km/h, según algunas fuentes. Puede que nunca sepamos la cifra exacta, pero casi da igual. Lo importante es el contexto. Aquello no era velocidad precisamente racional para una bici con frenos... De bici; era velocidad en estado salvaje.

La máquina que hoy se puede ver rodando no es el ejemplar original que batió récords, demasiado frágil y valioso para salir del museo. Es una réplica funcional, construida con un nivel de fidelidad obsesivo, capaz de arrancar, moverse y demostrar.

Verla rodar hoy provoca una mezcla extraña de fascinación e incomodidad porque no se parece a nada que conozcamos. No hay ayudas, no hay suspensión pensada para absorber errores, no hay nada que amortigüe la experiencia. Solo un motor enorme empujando sin miramientos y un piloto demasiado confiado.

Por eso la Curtiss V8 sigue importando. No por el número exacto que marcó en su día, ni por el récord en sí. Importa porque recuerda una época en la que ir rápido no era una experiencia filtrada por la ingeniería, sino un acto de fe.Una época en la que alcanzar ciertas velocidades no era una demostración técnica elegante, sino una decisión consciente de asumir el riesgo.

Y de pagar el precio si algo salía mal, que muchas veces se nos olvida.

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