Un mecánico ha convertido una Harley-Davidson en una moto a reacción: le ha metido dos turborreactores en las maletas y la velocidad a la que llega parece una broma

La Harley-Davidson Street Glide ha perdido su motor V2 y la transmisión para convertirse en una moto impulsada por dos pequeñas turbinas

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John Fernández

Entre las modificaciones habituales está cambiar el escape a la moto, el manillar o, incluso los más atrevidos, hasta la pintura. Luego está Matt Mikka, que le ha metido dos turborreactores a su Harley-Davidson Street Glide. Y eso que tenía el motor destrozado; qué mejor oportunidad, pensaría el hombre.

Ahora ya no es una ‘Street Glide’, sino la ‘Jet Glide’, como la ha rebautizado: una creación que prescinde por completo del clásico bicilíndrico de la marca estadounidense.

Dos turborreactores donde antes iban las maletas

Pero, ¿de dónde puede venir semejante idea? Pues de ‘Bikes and Beards’, que entregó la Harley a Matt Mikka, creador del canal de YouTube Warped, con un encargo muy particular: sustituir el motor convencional por dos pequeños turborreactores. El encargo peculiar se acabó convirtiendo en un trabajo artesanal de más de 400 horas. Pero, spoiler: ya rueda, y funciona.

El motor V2 original que traía la H-D es historia; más que nada porque, de buenas a primeras, estaba destrozado. Pues la transformación ha sido radical: el espacio que ocupaba se ha aprovechado para instalar un depósito adicional de combustible, aunque casi que ese es el menor de los detalles.

Lo más radical está en la zaga trasera… donde una Street Glide normal llevaría un par de maletas laterales, esta, la Jet Glide, monta dos turbinas que general alrededor de, ojo, 670 newtons de empuje en conjunto.

Claro, a cambio, la moto no tiene ni cambio de marchas, ni embrague, ni transmisión final, tampoco mecánica que conecte entre las turbinas y la rueda trasera. En su lugar, la moto avanza gracias al empuje directo de los gases de sendos turborreactores, mientras que la rueda simplemente gira al desplazarse el conjunto.

Curiosamente, buena parte de la moto está hecha a medida con técnicas como la impresión 3D, pero también con mucha soldadura y corte por láser.

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Podríamos pensar que es el invento del siglo y que saldrá a propulsión como un cohete, pero qué va: en las primeras pruebas la moto llegó a los 72 km/h, y ya en los segundos experimentos llegaron a ponerla a 97 km/h. En verdad, dicen, casi que lo menos interesante es la velocidad, sino darle ese toque radical a la moto de alguna manera que no sea con un bicilíndrico que vibre tanto.

Si bien no es la manera más práctica de moverse, y mucho menos, la menos rápida, es una de esas transformaciones que demuestran hasta dónde puede llegar alguien cuando tiene una moto averiada, muchas horas libres (400, en concreto, que es lo que ha llevado todo el proyecto) y una idea bastante peculiar.

Imágenes | Matt Mika

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