Un chaval con la L en moto se dedicaba a patear ciclistas a lo GTA y subirlo a Instagram. Es la broma más cara de la historia: ha acabado en la cárcel

Un motorista de 21 años graba cómo tira a ciclistas en Londres y acaba llorando camino a prisión

Patada
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John Fernández

Un chico de 21 años, encapuchado bajo el casco de su ciclomotor, acelera por las calles del sur de Londres. No busca llegar a ningún sitio, ni siquiera escapar del tráfico. Su objetivo es más siniestro: grabarse mientras patea a ciclistas indefensos para después colgarlo en redes sociales.

El ruido del motor, un golpe seco y un cuerpo contra el asfalto. Todo en cuestión de segundos. Poco tiempo después acaba llorando en el banquillo del jurado. Es la historia que indigna al Reino Unido.

De las risas en Instagram al llanto ante el juez

Ese joven se llama Devontay Higgins y ahora, tras meses de vídeos compartidos en redes sociales y denuncias, ha acabado llorando en el banquillo del Kingston Crown Court.

El juez no tuvo dudas al dictar sentencia: 18 meses de cárcel por dos delitos de lesiones con resultado de daño corporal y dos de conducción peligrosa. La mitad de ese tiempo lo pasará tras las rejas, y la otra bajo licencia. Además, se queda sin carné durante dos años y nueve meses.

Las agresiones ocurrieron en agosto y octubre del año pasado, en Summerstown y Southfields. Una de las víctimas, un ciclista de 57 años, fue derribado contra un coche aparcado y tardó meses en recuperarse de las heridas. El segundo, arrollado a unos 15 km/h, acabó estampado contra la luna trasera de otro vehículo y tuvo que ser hospitalizado.

En ambos casos, Higgins utilizó el pie y el propio ciclomotor como armas, como subrayó la jueza Georgia Kent: "Atacó a dos usuarios vulnerables de la carretera de manera intencionada y buscó hacerles daño".

Portada

El caso estuvo a punto de quedarse en nada. La Fiscalía británica, en un primer momento, decidió no acusar al joven alegando falta de pruebas. Fue el propio afectado quien recurrió a través del mecanismo de revisión de derechos de las víctimas y obligó a reabrir el proceso. Ese giro fue clave: sin él, Higgins seguiría circulando libremente con su ciclomotor.

Lo que más indignó al tribunal no fue solo la violencia de los ataques, sino el exhibicionismo: grabó uno de los asaltos con su móvil y lo difundió en redes sociales, buscando notoriedad a costa del dolor ajeno. Su historial tampoco ayudó: ya tenía antecedentes por robo.

En la sala, antes de escuchar el veredicto, Higgins se quebró y lloró. Su abogado alegó problemas personales, consumo de cannabis y un diagnóstico de TDAH. Incluso señaló que recientemente había comenzado a trabajar en el restaurante caribeño de su madre. Nada de eso pesó más que las imágenes y los testimonios de quienes cayeron bajo sus patadas.

Para los motoristas londinenses, la historia deja un regusto amargo. Una vez más, la figura del ciclomotor queda asociada a la delincuencia y la violencia callejera, un estigma que arrastra a todos los que se mueven sobre dos ruedas por la ciudad. Higgins buscaba fama en redes sociales; lo que encontró fue un castigo ejemplar y la certeza de que, al final, la carretera y la justicia no olvidan.

Imágenes | Juzgado

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