Dani Pedrosa, la poesía motera hecha piloto que casi se pierde la historia de MotoGP por un mal día, pero que Alberto Puig rescató

Dani Pedrosa es lo más cercano a la poesía sobre una moto que nos ha regalado la historia

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John Fernández

Seamos honestos. Hay pilotos que pasan desapercibidos, que están ahí de relleno. Y luego está Dani Pedrosa, una de las mayores leyendas que ha dado el motociclismo español y que la historia no ha sabido recompensar de forma tangible. Pero eso da igual. Es de esos pilotos a los que no les hace falta un mundial para ser campeones.

Crecí viendo a Dani Pedrosa; era (y es) mi ídolo. Detrás, tiene una historia plagada de infortunios que, empezó, precisamente, con demasiada mala suerte, pero también una dosis de justicia, porque a veces el talento necesita que el destino le guiñe un ojo. Su justicia, fortuna o llámese como se quiera, se llamó Alberto Puig, una especie de ángel de la guarda que, a pesar de sus más y sus menos, supo entender a Dani desde el primer instante. 

Dani Pedrosa: el samurái que nunca llevó corona

Lo suyo siempre fue una paradoja extraña: un piloto con técnica de cirujano, velocidad indiscutible y mentalidad de acero… Al que el mundial grande se le escapó una y otra vez por detalles que, vistos con perspectiva, parecen hasta crueles. Esta no es la historia de una promesa frustrada. Es la historia de alguien que estuvo demasiado cerca demasiadas veces.

Hasta su carrera empezó con un halo de mala suerte; una mala suerte que ya quisiéramos muchos tener, la verdad. Nacido en Sabadell en 1985, Pedrosa no tardó en subirse a una moto. Antes de cumplir los diez ya competía, y cuando llegó a los campeonatos nacionales quedó claro que aquello no era una afición pasajera, y su padre bien le ayudó a ello, primero comprándole una y luego modificándosela para que pareciese una Kawasaki de Gran Premio.

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El salto definitivo llegó gracias a Alberto Puig, que apostó por él cuando todavía era un crío sin recursos pero con una determinación y habilidad encima de la moto fuera de lo normal. No era el más fuerte físicamente, ni siquiera el más corpulento. Era el que mejor entendía lo que pasaba entre el neumático y el asfalto, y Alberto fue capaz de leer eso ya desde una temprana edad. Y no, no se fijó solo en los resultados.

Tanto es así que Dani fue la excepción que rompió la regla. Y en bendito momento. En las pruebas de selección de la Movistar Activa Cup, Dani no fue el más rápido ni el que clavó cada ejercicio. De hecho, sobre el papel se había quedado fuera; estaba eliminado porque no dio la talla, ni más, ni menos. Pero Puig vio algo distinto: una manera de trazar, de colocarse sobre la moto y de entender el ritmo que no encajaba con un simple cronómetro.

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Mientras otros cumplían el guion y se lo merecían sobre el papel, Pedrosa transmitía la intención que Puig supo captar, y fue por eso que decidió saltarse la lógica fría del resultado inmediato y apostar por su potencial. Habiendo perdido aquellas pruebas, fue uno de los elegidos. Fue una decisión nada convencional, de hecho, era la primera vez que se hacía algo así, y era una decisión casi arriesgada en un programa con miles de aspirantes, pero aquella confianza cambió la carrera de un chaval que estaba a punto de quedarse sin sitio.

Y cuando llegó al Mundial, lo confirmó rápido: campeón en 125cc, campeón en 250cc. Y repitió. Tres títulos consecutivos en dos categorías distintas. Desde luego que Puig dio en la diana; la finura de aquel chaval catalán no era una casualidad. Los ojos en Japón ya estaban puestos sobre el pequeño piloto español.

MotoGP: talento contra contexto

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En 2006 aterrizó en la categoría reina con el Repsol Honda Team... Qué mejor debut podía esperar un novato que con el equipo más grande y laureado de la historia del motociclismo. Delante tenía a un Valentino Rossi en plena era dorada y a una parrilla que no regalaba nada, y que también llegaba precisamente de Honda.

Ganó en su año de debut. Fue competitivo desde el primer momento. Pero MotoGP no es solo cuestión de manos. En 2007, con el cambio a 800 cc, Honda perdió parte de su ventaja. Mientras tanto, Casey Stoner y Ducati acertaron de lleno con la combinación técnica. Aun así, Pedrosa terminó subcampeón. Sin tener la mejor herramienta, sostuvo la temporada con regularidad y cabeza.

Ahí empezó a dibujarse el patrón: siempre candidato, nunca rematador... Las caídas y la mala potra empezaron a ser demasiado habituales en Dani.

2012: cuando el Mundial parecía suyo

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Si hay un año que duele es 2012. Con las MotoGP de 1000 cc de vuelta, Pedrosa alcanzó una madurez competitiva total. Era constante, agresivo cuando tocaba y clínico en la gestión de carrera. Tanto que el duelo con Jorge Lorenzo fue de altísimo nivel... Tan alto nivel que su rivalidad llegó a manos del Rey Juan Carlos, que tuvo que intermediar en el futuro ante semejante nivel de rivalidad.

Encadenó victorias, recortó puntos y llegó a las últimas citas con opciones reales. Pero una caída inoportuna terminó inclinando la balanza. Subcampeón otra vez. Y claro, en paralelo emergía una nueva generación. Sin ir más lejos, en 2013 irrumpió Marc Márquez, cambiando la dinámica de la categoría hasta... Hoy. Pedrosa seguía siendo rápido, pero el escenario ya no era el mismo.

El enemigo invisible: su propio cuerpo

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Porque salgo marcó su carrera fueron las lesiones: clavículas, muñecas, problemas musculares en el antebrazo… Cada caída, casi siempre, tenía consecuencias mayores para alguien de su complexión ligera. Él mismo calcula que llegará a tener cerca de 200 puntos en todo su cuerpo.

Y eso que no era un piloto que se arrastrara por el asfalto constantemente, pero cuando se iba al suelo, pagaba un precio alto. Y en un campeonato tan ajustado, perder dos o tres carreras puede equivaler a perder el año.

Durante más de una década fue habitual verlo volver tras una operación y subir al podio casi sin tiempo de recuperación. Esa resiliencia es parte de su legado, aunque no aparezca en las estadísticas.

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Hasta que en 2018 decidió parar. No fue un drama, ni una despedida teatral; simplemente, Dani entendió que la motivación ya no era la misma y que el desgaste acumulado pesaba demasiado. Daba carpetazo así a 18 años de mundial con 38 victorias en MotoGP y casi un centenar de podios. Números que, en otro contexto, habrían significado al menos un título. Al menos uno. Pero era tan bueno que ni siquiera lamentarse duele.

La pregunta aparece sola. Pero quizá esté mal formulada: ¿fue injusto el motociclismo con Dani Pedrosa? Ya lo hemos visto por activa y por pasiva; MotoGP no es justa ni injusta: es despiadada. Y Pedrosa coincidió con varias eras dominadas por talentos generacionales. Siempre hubo alguien (Rossi, Stoner, Lorenzo, Márquez) en el momento exacto con la combinación perfecta. Despiadada.

Aun así, cuando se habla de los pilotos técnicamente más finos que ha dado la categoría reina, su nombre aparece sin discusión. No tuvo el título grande. Pero tuvo algo que no se compra con trofeos: respeto unánime.

Larga vida a nuestro 'pequeño samurái'.

Firmado: un aficionado y amante de las motos, antes que periodista.

Imágenes | Honda

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