Japón, paraíso motero. El país asiático sigue siendo uno de los lugares con mayor cultura motociclista de todo el mundo entero; su parque móvil es gigantesco, y su afición, incomensurable. Claro, es cuna de las cuatro marcas de moto más importantes del mundo (¿y una quinta en camino, Toyota?).
Allí entendieron hace décadas que conducir podía ser algo más: una experiencia. Por eso algunas de sus carreteras de montaña dejaron de ser mera infraestructura para convertirse en auténticos lugares de peregrinación para motoristas y aficionados al motor en general. Hoy las conocemos.
Máquinas expendedoras en mitad de la nada: el detalle más japonés de todos
Hablemos de datos, para contextualizar lo de que Japón es efectivamente un país motero y no una simple canita al aire que queda bonita en el texto. Allí, según datos oficiales, hay entre 10 y 11 millones de motos registradas; se venden 350.000 motos nuevas cada año y tienen a 82 millones de conductores con licencia.
Solo para ponerlo en perspectiva, España ronda los 6 millones de motos y ciclomotores registrados y matricula alrededor de 230.000 motos nuevas al año, pese a tener menos de la mitad de población que Japón.
Allí, la historia y los gobiernos siempre han estado de parte del motociclismo. Que haya tantos moteros (que no motoristas; aquí la diferencia) no ocurrió por casualidad. Japón fue construyendo alrededor de sus touge (los míticos puertos de montaña nipones) una cultura hecha entre miradores, áreas de descanso, carreteras panorámicas de peaje que se pagan por mero disfrute, máquinas expendedoras perdidas en mitad del bosque y puntos de encuentro donde lo importante no es llegar, sino disfrutar.
Y el mejor ejemplo materializado de todo este sistema es la 'Hakone Turnpike', probablemente la carretera más famosa del mundo para motoristas y conductores. Nació en 1955 como una vía privada de peaje para descongestionar el tráfico de montaña, y acabó convirtiéndose en algo mucho más grande; una experiencia.
En Japón hay carreteras donde pagas simplemente por disfrutar conduciendo
Volvamos a la perspectiva europea por un momento. Aquí, un peaje se suele asociar a ahorro de tiempo. Allí, cobran precisamente por lo contrario: el placer de recorrerla.
Ejemplos son la Hakone Turnpike, la Hakone Skyline o la Ashinoko Skyline, carreteras con rutas panorámicas que tienen un asfalto prácticamente perfecto, curvas enlazadas, tráfico relativamente bajo y vistas constantes al Monte Fuji. Allí, además de echar gasolina, cuentan en el presupuesto pagar por 'X' carretera para pasar un día de rodada especial (el peaje, vaya).
El propio turismo oficial japonés reconoce que estas carreteras se han convertido en destino habitual para conductores y motoristas de Tokio que buscan "dar libertad" a sus motos.
De hecho, a lo largo de los años han ido mejorando y se han construido muchísimos apartaderos y zonas preparadas para parar, echar foto o simplemente contemplar cómo pasan otros vehículos (coches y motos que, ya adelantamos, no son utilitarios).
Luego están las máquinas expendedoras. Parece un detalle simple y burdo, pero es uno de los detalles posibles para cualquier europeo: allí, en mitad de la nada, en el puerto de montaña más remoto de Japón, aparecen máquinas de café, refrescos o comida caliente.
Con el tiempo han pasado a formar parte de la cultura touge: lugares donde parar, comentar la ruta, esperar a amigos o simplemente contemplar el silencio de la montaña mientras una lata de café caliente sale de una máquina iluminada a las dos de la mañana. Detalles que convierten la experiencia en algo mucho más filosófico y trascendental que ayudan a sentir cómo Japón entendió que una carretera no es solo una simple pista de asfalto.
El fenómeno alcanza otra dimensión en lugares como las áreas de descanso gigantescas que se convierten en algo parecido a templos de la cultura del motor. De noche, especialmente, junta no solo motos deportivas, sino coches, preparaciones JDM, los míticos 'bosozoku' para reunirse y compartir afición.
Por ejemplo, Daikoku, un área de servicio dentro de la autopista elevada de Yokohama. Es lo fascinante de Japón, que consigue transformar simples aparcamientos y áreas de descanso en lugares con identidad propia, lejos de las macarradas que vemos en España en las famosas 'quedadas'.
Imágenes | Facebook, Eiji Ohashi
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