Donde ahora mismo, a fecha en la que se escribe este artículo, circulan bicicletas por el arcén de una calzada, mañana podría haber un carril bici separado físicamente de la carretera. Pero eso no significa que ni la DGT los vaya a echar de las carreteras ni les vaya a multar.
Esa es una de las posibilidades que introduce el nuevo Reglamento General de Carreteras aprobado mediante el Real Decreto 899/2025, publicado en el BOE en octubre del año pasado. Vamos, que se abre la puerta a eliminar arcenes para crear carriles bici 'segregados'. Veamos en qué consiste.
La reforma permite convertir parte de los arcenes en vías ciclistas protegidas
Cabe reseñar, ante todo, que la aplicación práctica sigue prácticamente paralizada. Lo que la medida plantea es reorganizar parte del espacio viario en determinadas carreteras estatales para implantar infraestructuras ciclistas segregadas.
La modificación, en sí, no altera directamente ninguna norma básica de circulación para bicis, pero sí que cambia el planteamiento de cómo deberían integrarse a partir de ahora (o más bien, desde su publicación) en algunas vías interurbanas.
Así, la idea dispuesta en el RGC a través del Real Decreto es que en ciertos tramos el arcén pueda reducirse o incluso desaparecer para dejar sitio a itinerarios ciclistas protegidos construidos junto a la calzada.
Eso afectaría principalmente a las carreteras convencionales y vías estatales de varios carriles cuya intensidad de tráfico sea particularmente moderada. Según dicho texto normativo, dichas actuaciones solo podrán ejecutarse cuando exista "una justificación técnica que garantice que la seguridad vial no se verá comprometida" y que "la funcionalidad de la carretera seguirá siendo adecuada".
Ese es justo el gran escollo al que se expone el tema, pues la norma exige informes técnicos vinculantes del Ministerio de Transportes y Movilidad Sostenible antes de intervenir cualquier tramo, y esa carga burocrática ha frenado por ahora cualquier despliegue significativo.
Claro, a día de hoy no existen cifras oficiales sobre kilómetros de arcenes transformados, mucho menos proyectos ejecutados bajo este nuevo marco.
La legislación vigente, además, mantiene las obligaciones habituales para los ciclistas en vías interurbanas: es decir, circular por el arcén derecho siempre que exista y sea practicable. En el caso de que sea inexistente, demasiado estrecho o directamente esté en mal estado, pueden ocupar la parte imprescindible de la calzada.
Asimismo, en el reglamento se contemplan excepciones puntuales como descensos prolongados con curvas donde resulte más seguro abandonar temporalmente el arcén.
Hay debate, y críticas desde varios frentes. Parte del colectivo ciclista teme que algunos de estos carriles bici vayan a diseñarse con criterios deficientes y terminen siendo menos seguros o prácticos. Luego están las asociaciones de conductores, que advierten de que reducir espacios laterales de emergencia puede afectar a la seguridad de turismos y motos en determinadas carreteras.
Así que, ahora mismo, la reforma sigue más sobre el papel que sobre la vida real, sobre el asfalto. Sin embargo, es evidente que la reforma del RGC abre la puerta a una transformación importante en la forma en en que bicis, coches y motos compartirán las carreteras españolas en los próximos años.
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