
Cuando hace unos días secuestraron a los cooperantes catalanes de la caravana solidaria que recorría Marruecos, Mauritania, Malí y Senegal seguro que a los organizadores del Dakar se les heló la sangre. Hay veces en las que es triste tener razón y la cadena de secuestros de estos días (además de los tres cooperantes catalanes están secuestrados un francés y una pareja italiana) da la razón a la suspensión del Dakar de hace dos años y su traslado a Sudamérica. Pero es un magro consuelo tener razón, ya que estos secuestros también alejan la posibilidad de un retorno más o menos inmediato de la carrera al Norte de África.
Y es que un Dakar sin África no es lo mismo. De acuerdo que la primera edición sudamericana fue un éxito en cuanto al recorrido y su dureza. Y este año, más centrado en la zona de Atacama, espero que todavía sea más espectacular. Pero el recorrido por sí solo no garantiza el éxito de la carrera y sus organizadores lo saben. Sudamérica está muy lejos de Europa y eso se nota. Hay síntomas de que los organizadores de la prueba se debaten entre el esfuerzo (gran esfuerzo) de consolidarla en Sudamérica o retornarla cuanto antes al Norte de África. El dilema viene de que ninguna de las dos opciones es fácil ni exenta de riesgos. Una de las las cosas que primero se aprende en el desierto es que lo más fácil cuando se duda al afrontar una duna es quedarse encallado. Y así parece estar el Dakar.






