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Nordkapp 2017: descubrimos Noruega en 3.500 km épicos desde Oslo hasta Cabo Norte
Zona de Pruebas

Nordkapp 2017: descubrimos Noruega en 3.500 km épicos desde Oslo hasta Cabo Norte

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Un buen día poco antes de que comenzase el verano recibimos una llamada un tanto inesperada. Como muchas otras implicaban un cambio de rutina, pero uno muy especial en este caso. Al otro lado del teléfono estaba la gente de Honda Motocicletas Europa para proponernos un viaje muy especial. Una de esas propuestas a las que no te puedes negar.

A partir de esa llamada se desató una vorágine de preparativos, dudas, consultas y trámites para en menos de un mes salir en dirección a un viaje hacia la meca del mototurismo europeo. Íbamos a recorrer Noruega desde Oslo hasta Cabo Norte, el punto más septentrional de toda Europa.

Etapa 0: mucha información, muchos nervios

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Cuidado con los alces, los trolls y los radares, esas fueron algunas de las directrices previas antes de emprender el viaje

Tras semanas de preparativos que pasaron volando y al mismo tiempo se hicieron eternas, cuando finalmente llegamos a Noruega, nos reunimos todos (organización y participantes) en un hotel próximo al aeropuerto de Oslo. Allí, en una gran sala, todo estaba dispuesto para la presentación del evento, incluidas nuestras 30 motos, además de todos los vehículos de la organización.

Alineadas perfectamente en tres filas, 30 Honda CRF1000L Africa Twin nos esperaban. Todas estaban equipadas con pantalla alta, paramanos, bolsa sobredepósito, puños calefactables, defensas, faros antiniebla y, lo más importante, maletas y top case donde colocar todas nuestras pertenencias. La mía era la número 21, la primera del tercer grupo.

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La reencarnación de la mítica Africa Twin ya es una vieja conocida para nosotros. La probamos a fondo en carretera, también en offroad con neumáticos de tacos y descubrimos el Bajo Aragón en un precioso viaje el año pasado. Confortable, ligera y polivalente, una montura sin duda muy apta para enfrentarse a un recorrido de esta magnitud.

Hasta ahora hemos conducido tanto las versiones manuales como automáticas con cambio de doble embrague DCT, pero lo que no conocíamos era la capacidad de carga, una de mis mayores incertidumbres. ¿Podría cargar con todo lo que llevaba? Antes del briefing de presentación nos dejaron un buen rato para prepararlo todo y que estuviéramos listos para la mañana siguiente.

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La equipación, que es lo más voluminoso en la maleta, la llevaría puesta, pero aparte tendría que cargar con ropa para ocho días, un traje de agua, guantes de repuesto, el material de trabajo, cámara, una botella de agua, algo de comida, herramientas, un saco de dormir... Nunca había cargado con tantas cosas y entre las tres maletas, una mochila impermeable y una pequeña con camelback se puede hacer de sobra un viaje así. Y más largo si te pones.

Bastante más relajado sabiendo que no habría problemas para llevarlo todo, era hora del primer briefing, una completísima charla en la que la organización nos ofreció una gigantesca sobredosis de información. Desde la normativa de circulación, los peligros habituales, normas internas de comportamiento, el equipamiento que íbamos a usar... Y claro, la presentación del primero de los nombres ilustres que nos iban a acompañar: el dakariano Paolo Gonçalves.

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Noruega es una país muy particular, un contraste cultural y social inmenso si lo enfrentamos contra las culturas más latinas del sur de Europa. Allí todo es diferente, la gente es muy educada y al mismo tiempo muy estricta en lo que más nos iba a afectar: la circulación por carretera.

Los límites de velocidad son realmente escuetos con una máxima permitida de 100 km/h en autopista, 90 km/h en vías convencionales y de ahí para abajo todo lo que quieras en interurbanas y hasta 30 km/h en urbanas.

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Y no sólo los límites son muy comedidos, sino que además son realmente estrictos en su aplicación y el celo de las autoridades noruegas a este respecto se muestra en una buena dosis de radares en cada etapa y multas cuantiosísimas (llegando incluso a trabajos sociales y penas de cárcel) por excesos de velocidad que aquí podríamos considerar normales.

Etapa 1: Oslo - Fosnavåg

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La mañana del lunes tocaba emprender la marcha en una primera etapa que al mismo tiempo fue la más intensa de todas con un recorrido de 550 km entre Oslo y Fosnavag. Exudando nervios por cada uno de los poros, con un sueño considerable tras el primer madrugón y habiendo repasado por enésima vez todo el equipaje y el material de seguridad empezamos a rodar.

Enormemente emocionados por enfrentarnos a lo que se nos iba a venir por delante durante los siguientes días, los primeros kilómetros fueron de rodaje, para familiarizarnos con la moto, con los compañeros, con la circulación en Noruega y con los dispositivos que nos guiarían en esta aventura.

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Nuestro ángel de la guarda era el Tripy II (no, no era uno de aquellos tripis de los 80 que también te llevaban de viaje), un aparato que pese a su aspecto simple y voluminoso se convertiría en nuestro mejor compañero de ruta. No es un GPS al uso, sino un roadbook digital en el que se mostraban de una en una todas las indicaciones a seguir, los puntos de interés planificados, los repostajes, paradas obligatorias y la distancia hasta cada una con una de las indicaciones con una precisión milimétrica.

En caso de pasarnos una indicación o salirnos de la ruta establecida se desactivaban de inmediato las indicaciones y aparecía en pantalla una brújula que indicaba la dirección exacta y la distancia hasta el checkpoint. No lo había usado nunca y resultó ser de lo más intuitivo, fue cuestión de minutos adaptarse.

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Del nivel del mar hasta montañas heladas y vuelta al nivel del mar. Fue complicado digerir la irreal variedad de escenarios en una misma jornada

Salimos de Oslo en dirección noreste por la E-16 sobre un asfalto humedecido por las lluvias intermitentes y la temperatura en torno a los 12 grados que nos recibió en la jornada inaugural. Durante toda la mañana a lo largo de los 224 kilómetros de recorrido hasta Beitostølen no dejamos de maravillarnos con absolutamente todo.

La frondosidad de la vegetación que abarrotaba todas las direcciones en las que mirases y que sólo nos daba un respiro en cada una de las numerosas masas de agua que pueblan los paisajes del país. Entre árbol y lago, casas, muchas casas pero muy dispersas.

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La arquitectura típica de la región usa de manera extensiva los materiales que la naturaleza les provee y que llevan utilizando de manera brillante desde que el hombre comenzó a poblar las tierras del norte de Europa. La madera se emplea para todo, especialmente para la construcción de preciosas casas de todos los tamaños. Desde pequeñas viviendas de recreo hasta enormes viviendas unifamiliares, todas perfectamente pintadas como si fueran las ilustraciones de un cuento infantil.

A medida que nos dirigíamos hacia el norte las poblaciones cada vez se espaciaban más hasta que llegamos a los pies de Beitostølen, una localidad próxima al punto más alto de toda Noruega, el monte Galdhøpiggen a 2.469 metros sobre el nivel del mar. Entre estaciones de esquí y el Parque Nacional Jotunheimen, paramos a comer en Beitostølen Pass a media jornada.

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Con unas impresionantes vistas propias de un lugar devastado por un clima invernal implacable y un fortísimo viento, retomamos la ruta por la carretera E-51 contemplando un paisaje irreal a medida que seguíamos subiendo. Las rachas cruzadas mecían a la Africa Twin de lado a lado, pero no podíamos dejar de contemplar el abrumador paisaje compuesto por rocas plagadas de aristas, agua, nieve y vegetación baja.

Tras un pequeño respiro contemplando la impresionante iglesia de madera de Lom, un impresionante contraste natural nos hizo estallar el cerebro. Subimos ataviados ya con el traje de agua hasta sobrepasar los 1.000 metros de altura. Entre nieve, viento y niebla nos topamos de bruces con un espectacular lago helado parcialmente donde hicimos una parada obligada para disfrutar el momento pese al frío.

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Acto seguido, descendimos hasta el nivel del mar por una sucesión de enrevesadas curvas cerradas como garrotes y rodeados de cascadas que se abrían paso entre los árboles, cortando las montañas allí por donde mirases. La bajada concluyó en un gigantesco fiordo en el fondo de un enorme cañón donde cogeríamos el primero de muchos ferris: Geiranger - Hellesylt.

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Desde que desembarcamos en Hellesyt hasta el final de la etapa en Fosnavåg nos quedaron otros más de 100 km de recorrido en los que la lluvia nos acompañó de manera intermitente, pero daba igual, estábamos anonadados con las siempre cautivadoras vistas del primer día. Era uno de esos días en los que el agua no te puede mojar.

Etapa 2: Fosnavåg - Trondheim

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Cruzar Atlantic Road fue la confirmación de que estábamos rodando en un catálogo de agencia de viajes, cada momento se volvía más épico que el anterior

Tras descansar unas pocas horas (no demasiadas) nos levantamos con un día aún más gris que el primero para emprender la segunda etapa que nos llevaría de Fosnavåg a Trondheim por 463 km de las carreteras de la costa de la región.

La precisión y la puntualidad fueron muy importantes en esta etapa, había que mantener un ritmo más o menos constante, sin paradas, para poder empalmar apropiadamente los tres ferris que teníamos que coger a lo largo del día, además de incluir una parada a comer en un punto realmente emblemático.

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Es complicado no detenerse a cada paso para sacar la cámara. El paisaje noruego es muy puñetero porque cuando paras a alucinar con un paisaje, te montas de nuevo en la moto y dos curvas después hay una foto aún mejor que la anterior. Es como 'El Día de la Marmota' en carretera. Por eso las etapas no fueron especialmente largas, con distancias razonables, pero repletas de parones y momentos de introspección. Afortunadamente, las carreteras noruegas están repletas de apartaderos y miradores.

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Con unos colores impresionantes, el perfil costero de Noruega hace difícil distinguir si estás ante un fiordo o ante el océano abierto. Las carreteras discurren paralelas al agua a un lado, al otro enormes formaciones montañosas.

La intensa actividad geológica, sísmica y volcánica que el país tuvo durante su creación ha dado como resultado un paraíso para fotógrafos y amantes de la naturaleza. Los fiordos componen un fenómeno impresionante con paredes casi verticales que caen al agua y salpicados de cascadas, pero al margen de obviedades, cada rincón es digno de ser fotografiado.

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Tras empalmar el segundo de los ferris del día seguimos la ruta y antes de comer llegamos a uno de los puntos más icónicos y que seguro que ya has visto: Atlantic Road, una espectacular carretera que salta de isla en isla y que tiene su punto álgido en un espectacular puente curvado que desafía los arrebatos del Océano Atlántico.

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Nuevamente la lluvia nos obligó a terminar la parada, calzarnos los trajes de agua y subirnos a la moto para dirigirnos casi directamente hasta el final del día tras el paso en el último ferri. Un día que acabó con otro enorme contraste. Tras volver a salir el sol y después de no ver núcleos urbanos desde la salida en Oslo, toparnos al final del día con la ciudad de Trondheim se convirtió en toda una sorpresa.

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Es una ciudad repleta de vida, con mucho movimiento y una gran carga cultural en la que entre construcciones fieles estéticamente a las edificaciones de siglos pasados, destaca la impresionante catedral de Nidaros con tejados celestes de estilo gótico que data de principios del siglo XI. Un icono cultural noruego que llegó a guardar los restos de San Olaf, el santo noruego más importante.

Tras un agradable pero breve paseo y una cena ligera nos fuimos dispuestos a descansar. O eso creímos.

Siguiente parte | Nordkapp 2017: de ruta más allá del Círculo Polar Ártico, entre glaciares y bajo el sol de medianoche

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