Ni naked ni trail. Kawasaki lo está petando con una moto para ganaderos que es indestructible y la más barata del mercado

Se llama Kawasaki Stockman y es, literalmente, una moto agrícola pensada para ganaderos y agricultores.

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John Fernández

Ni naked, ni trail, ni crossover. Lo último que ha sacado Kawasaki no está pensado para posturear, ni para enlazar curvas un domingo por la mañana. Está pensada para currar. Para patear fincas, mover ganado y sobrevivir al polvo, al barro y a jornadas interminables en mitad de la nada.

Se llama Kawasaki Stockman y es, literalmente, una moto agrícola pensada para ganaderos y agricultores.

Una moto que no entiende de modas, literalmente

Mientras aquí discutimos si una moto lleva demasiadas ayudas electrónicas o si debería montar suspensión semiactiva, en Australia y Nueva Zelanda el planteamiento es otro. Distancias enormes, terrenos duros, caminos sin asfaltar y trabajos que no esperan. En ese contexto, la moto deja de ser ocio para convertirse en herramienta. Y ahí es donde encaja esta Stockman.

La base es tan sencilla como deliberada. Motor monocilíndrico de 233 cc, cuatro tiempos, refrigerado por aire e inyección. Nada de radiadores expuestos, nada de complicaciones. Es un bloque veterano dentro de Kawasaki, probado durante años en condiciones poco amables y con una fiabilidad que aquí pesa más que cualquier cifra de potencia. Rondando los 19 CV, no impresiona sobre el papel, pero tampoco lo pretende. Importa más el empuje a bajo régimen y la capacidad de avanzar despacio, con control, por donde haga falta.

El chasis de acero y las suspensiones de largo recorrido siguen la misma lógica. Sin pretensiones deportivas, sin reglajes sofisticados. Delante rueda de 21 pulgadas, detrás de 18, neumáticos estrechos y un peso contenido, en torno a los 130 kilos en seco. Todo pensado para moverse con soltura entre pistas, prados, zonas embarradas o caminos rotos, incluso a muy baja velocidad.

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Donde la Stockman deja claro su propósito es en los detalles. Portaequipajes delantero y trasero de serie, robustos, funcionales, sin diseño de catálogo. Ahí caben herramientas, bidones, cuerdas o lo que toque ese día. El caballete lateral doble permite dejarla plantada en terrenos irregulares sin sustos, y el sistema de bloqueo del embrague es una de esas soluciones simples que dicen mucho del enfoque real de la moto. Permite dejar una marcha engranada con el embrague accionado sin tener que mantener la maneta apretada, algo especialmente útil cuando te bajas a abrir una cancela, mover un animal o trabajar a su alrededor con una mano libre.

Aquí no hay pantallas TFT ni iluminación LED. El faro usa una bombilla convencional, fácil de sustituir en mitad del campo si hace falta, y la instrumentación digital se limita a lo imprescindible. Tampoco hay ABS, algo perfectamente coherente en una moto pensada casi exclusivamente para uso fuera del asfalto y que, por el mismo motivo, nunca llegará a Europa.

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En cuanto al precio, mantiene esa filosofía honesta. En sus mercados naturales ronda los 4.000–5.000 euros al cambio, una cifra razonable para una máquina que no presume de nada, pero promete aguantarlo todo.

Se vende en Australia, Nueva Zelanda y algunos países del Sudeste Asiático, donde Kawasaki sigue entendiendo que, a veces, una moto no tiene que ser bonita ni moderna: solo tiene que funcionar. Y seguir funcionando cuando todo lo demás ya se ha rendido.

Imágenes | Kawasaki

En Motorpasión Moto | Soy experto en MotoGP y he tirado 6 euros en ver 'Ídolos' en el cine: va más de motos de lo que pensaba, pero es tan desastre que roza el meme

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