Hay una imagen que se ha repetido hasta la saciedad durante la guerra de Ucrania: columnas de blindados, drones sobrevolando trincheras y soldados intentando esconderse de cámaras capaces de detectar una fuente de calor a cientos de metros de distancia.
En ese escenario, donde cada movimiento puede quedar registrado desde el aire, resulta curioso que una de las últimas herramientas incorporadas por el ejército ucraniano sea algo tan sencillo como una moto… casi ‘invisible’.
La moto que lucha contra su propio calor para ser invisible
La WolfStorm no ha sido diseñada para correr más, ni para transportar más carga, ni siquiera para soportar mejor el terreno. Su principal virtud es otra bastante menos espectacular sobre el papel, aunque probablemente mucho más importante sobre el terreno: pasar desapercibida.
La empresa ucraniana Ukr Spec Consulting lleva tiempo trabajando en este proyecto y ya ha comenzado a suministrar unidades a distintas fuerzas armadas del país. El planteamiento parte de una realidad que ha cambiado por completo la forma de combatir. Hace apenas dos décadas una patrulla podía desplazarse aprovechando la oscuridad. Hoy eso ya no garantiza demasiado porque los drones ven… Y, sobre todo, ven el calor.
La moto que intenta esconderse incluso cuando está en marcha. A simple vista la WolfStorm parece una enduro más con horquilla invertida, neumáticos de tacos, llanta delantera de 21 pulgadas y una estética puramente funcional donde no sobra absolutamente nada.
De hecho, si apareciera aparcada junto a cualquier moto de campo moderna probablemente no llamaría demasiado la atención, y es que lo interesante está debajo de los plásticos.
La WolfStorm utiliza un motor eléctrico capaz de desarrollar hasta 8 kW de potencia máxima alimentado por una batería de litio que le permite recorrer alrededor de 100 kilómetros. Puede alcanzar unos 70 km/h y transportar a dos soldados completamente equipados junto con material adicional.
No son cifras especialmente impresionantes si las comparas con una moto de carretera moderna; mientras la mayoría de fabricantes intentan vender más autonomía o más prestaciones, los ingenieros ucranianos perseguían algo completamente distinto: reducir todo aquello que delata la presencia de un vehículo.
Y ahí una moto eléctrica juega con ventaja. Cuando una de gasolina atraviesa un bosque o una pista deja varios rastros evidentes. Hace ruido, genera vibraciones y produce calor. Mucho calor. Precisamente esa última característica se ha convertido en un problema cada vez mayor en una guerra donde las cámaras térmicas forman parte del equipamiento habitual de vigilancia.
La WolfStorm no elimina completamente esa firma térmica, básicamente porque eso sería imposible, pero sí la reduce de forma muy considerable. Según explican sus desarrolladores, la moto está pensada para misiones de reconocimiento, infiltración, transporte rápido de suministros e incluso apoyo a operadores de drones. Trabajos donde el objetivo no consiste en llegar más rápido que nadie, sino en evitar que te detecten antes de llegar.
Mientras una moto convencional puede escucharse mucho antes de aparecer en el horizonte, una eléctrica reduce enormemente esa señal acústica. Si además genera menos calor y requiere un mantenimiento relativamente sencillo, el resultado es una plataforma especialmente interesante para determinadas operaciones.
Por supuesto, la WolfStorm no va a cambiar por sí sola el rumbo de una guerra. Tampoco sustituirá a otros vehículos militares mucho más capaces, pero sí refleja una tendencia que cada vez resulta más evidente: la electrificación ya no es únicamente una cuestión de movilidad urbana o de normativas medioambientales.
Imágenes | Ukr Spec Consulting
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