La historia del motociclismo está llena de motos que cambiaron el mercado. Y luego están las otras. Las que parecían tener sentido sobre el papel, las que prometían mucho... y desaparecieron casi antes de empezar.
La Barigo Onixa 600 pertenece a ese segundo grupo.
No parecía una deportiva, pero debajo escondía algo muy serio
Probablemente jamás hayas oído hablar de ella. No sería raro. Apenas existen fotografías, la información es escasa y, de hecho, ni siquiera muchos aficionados saben que un pequeño fabricante francés intentó construir una deportiva muy distinta a todas las demás a principios de los noventa.
Lo primero que llamaba la atención era el depósito. O, mejor dicho, aquel enorme bloque que dominaba media moto y rompía cualquier proporción imaginable. Era imposible quedarse indiferente, incluso había quien veía una moto futurista. Otros, directamente, una de las deportivas más desafortunadas estéticamente de toda la década. Aquella discusión acabó eclipsando casi todo lo demás. Y, sin embargo, debajo de aquel carenado había bastante más de lo que parecía.
Todo arrancaba unos años antes, en La Rochelle, donde Patrick Barigault llevaba tiempo construyendo chasis para enduro y rally. Barigo nunca jugó en la misma liga que Honda, Yamaha o Ducati; era un fabricante artesanal, especializado en hacer motos ligeras, robustas y muy eficaces fuera del asfalto.
Precisamente esa obsesión por ahorrar kilos terminó dando vida a una de las primeras supermotard de producción equipadas con un monocilíndrico Rotax de casi 600 cc.
La siguiente pregunta surgió casi sola: ¿y si esa misma receta servía para fabricar una deportiva? La respuesta apareció en el Salón de París de 1993. Sobre el papel no tenía mala pinta, más bien todo lo contrario. Chasis de aluminio, suspensiones WP, frenos Beringer de seis pistones, llantas de 17 pulgadas y el conocido Rotax de 599 cc entregando unos 61 CV.
La Onixa apenas rozaba los 150 kilos, una cifra que la colocaba muy por debajo de muchas tetracilíndricas japonesas de la época. Barigo incluso hablaba de superar los 200 km/h de velocidad máxima, aunque donde realmente prometía marcar diferencias era enlazando curvas.
El problema apareció donde casi nadie mira: el enorme monocilíndrico y el propio diseño del bastidor dejaban muy poco espacio para el depósito. Los ingenieros optaron por elevarlo y envolverlo con un voluminoso carenado que terminó convirtiéndose, sin quererlo, en la seña de identidad de la moto... y también en su mayor lastre comercial.
Porque la prensa hablaba tanto de aquella silueta imposible como de sus virtudes dinámicas, y esas sí sorprendieron. Los periodistas que pudieron probarla coincidían en algo: el motor tenía personalidad, el chasis transmitía muchísima confianza y la ligereza hacía que cambiara de dirección con una facilidad impropia para una deportiva de aquellos años.
Barigo incluso llegó a imaginar una pequeña familia de modelos derivados de la Onixa, con una versión turismo y otra de orientación trail. Nunca pasaron del papel.
La aventura terminó casi tan deprisa como había empezado y la empresa francesa cerró pocos años después. Según las fuentes especializadas, únicamente llegaron a completarse tres ejemplares: el prototipo negro del Salón de París, una unidad roja utilizada durante las pruebas de prensa y una tercera azul de preproducción.
Ahí terminó todo. O quizá no del todo. Porque, treinta años después, la Onixa 600 sigue apareciendo de vez en cuando como uno de esos experimentos olvidados que recuerdan que la historia de la moto también está escrita por proyectos que nunca llegaron a tener una segunda oportunidad.
Imágenes | Barigo
En Motorpasión Moto | Pedelec y el lío de las bicicletas eléctricas: por qué estamos usando mal sus categorías, punto por punto
Ver 0 comentarios