Hoy asociamos las siglas BSA a motos. Pero en 1861 aquello no iba de gasolina ni de rock and roll, sino de pólvora… Literalmente. De hecho, no lo sabes, pero en el propio nombre de BSA, sus siglas, ya nos podemos hacer la idea de a qué se dedicaban.
La Birmingham Small Arms (BSA) Company fue fundada en el Gun Quarter de Birmingham, y nació como un consorcio de armeros que quería modernizar la fabricación de rifles para el Gobierno británico. La clave no era sólo hacer armas, sino hacerlas con maquinaria y piezas intercambiables, copiando el sistema industrial que ya estaba revolucionando Estados Unidos. De ahí su primer logotipo con tres fusiles cruzados, una declaración de intenciones bastante explícita.
De fabricar rifles para el Imperio a dominar el mundo de la moto en los años '50
El problema es que las guerras no duran para siempre, y cuando los contratos militares aflojan, una fábrica enorme con cientos de máquinas no se mantiene sola. Así que BSA hizo lo que muchas empresas metalúrgicas de la época: buscar algo que también necesitara acero y producciónen serie… Y acabaron haciendo bicis.
A finales del siglo XIX, BSA ya estaba metida de lleno en el negocio de las dos ruedas sin motor. Y el paso siguiente era casi inevitable: las motos. Si sabes fabricar cuadros, bujes y componentes con tolerancias finas, añadir un pequeño motor era cuestión de tiempo.
En 1910 presentan su primera moto comercial, y tras el parón de la Primera Guerra Mundial (que los devuelve a la producción masiva de armamento) en 1919 sacan a la calle la Model E, una V-twin a 50 grados y 770 cc. No era una deportiva, apenas rondaba los 7 CV, pero marcaba el inicio de una etapa en la que BSA empezaba a meter el hocico en el mundillo de la moto.
Durante los años ‘20 y ‘30 llegan modelos clave: las Sloper con el cilindro inclinado hacia delante, las primeras Blue Star con válvulas en cabeza y, poco después, las Empire Star. En una Inglaterra donde Brooklands era el templo de la velocidad sobre hormigón peraltado y lleno de baches, ganar allí significaba algo. Cuando Wal Handley superó las 100 millas con una Empire Star en 1937, BSA entendió que tenía un filón. De ahí nació el apellido más mítico de la casa: la Gold Star.
Pero claro, llegó la Segunda Guerra Mundial y eso devolvió a BSA a sus orígenes. Miles y miles de rifles, ametralladoras y, de paso, más de cien mil motos M20 para el ejército británico. La empresa estaba tan volcada en el esfuerzo bélico que dispersó su producción por decenas de fábricas tras los bombardeos de Birmingham.
Cuando terminó el conflicto, BSA no era una marca cualquiera: era ya un gigante industrial. Llegó a convertirse en el mayor fabricante de motos del mundo, con un conglomerado que incluía armas, acero, automóviles y marcas como Triumph bajo su paraguas. En los ‘50, mientras la Gold Star se convertía en icono de los café racer y las Bantam de dos tiempos inundaban carreteras y servicios postales, BSA vivía su edad dorada.
El golpe japonés y el declive británico
Pero no todo dura eternamente, y el problema es que los ‘60 no fueron amables con la industria británica. La culpa fue de Japón (cómo no). Las motos japonesas empezaron a ofrecer más potencia, más fiabilidad y menos vibraciones, y BSA reaccionó tarde. Remodeló sus bicilíndricas, lanzó modelos como la Rocket 3 casi a destiempo y dejó morir la Gold Star sin una sustituta clara.
Ante semejante pifia, en 1973 la compañía colapsa. El nombre BSA sobrevive entre rescates, fusiones y derechos de marca que van cambiando de manos, pero la fábrica original ya es historia.
Décadas después, en 2016, el grupo indio Mahindra compra la marca con una idea bastante clara: hacer con BSA lo que otros han hecho con Royal Enfield. Motos de estética clásica, tecnología actual y un nombre con peso histórico, y hasta hoy.
En 2021 regresaba la Gold Star, ahora ya con motor monocilíndrico de 650 cc, refrigeración líquida y unos 45 CV. No era la misma bestia de Brooklands, pero sí un guiño directo a aquella época en la que un pin con estrella dorada significaba que habías entrado en el club de los rápidos.
Y lo curioso es que, si uno mira atrás, todo encaja porque BSA nunca fue sólo una marca de motos; fue un conglomerado industrial capaz de fabricar desde rifles hasta autobuses.
Las motos fueron, en cierto modo, una consecuencia lógica de su capacidad técnica. Nacieron en una fábrica de armas, crecieron en tiempos de guerra y brillaron cuando Inglaterra todavía marcaba el ritmo del motociclismo mundial.
Imágenes | BSA, Car&Classic
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