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En moto por el Oeste Norteamericano (2): descubriendo la Harley Electra Glide

En moto por el Oeste Norteamericano (2): descubriendo la Harley Electra Glide
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El viernes 26 de marzo de 2010 logramos mejorar algo el horario nocturno: en lugar de despertarnos a las dos de la madrugada, lo hicimos a las seis de la mañana. Temprano, pero razonable. Al desayunar teníamos que tomar la decisión sobre si esperar un día más a la maleta (ya con la moto) o empezar la ruta (comprando el equipamiento básico para circular dos semanas en moto). Por si acaso, el día anterior ya habíamos localizado un par de tiendas de equipamiento de moto. Durante el desayuno tomamos la decisión de ir a comprar y recoger la moto a las 11.00 para empezar la ruta.

Pero la decisión duró lo que tardamos en regresar al hotel. Sin mucha convicción, hicimos una nueva llamada a American Airlines. Esperábamos escuchar la cantinela habitual: "hay que esperar". Pero la operadora nos tenía reservada una grata sorpresa: "Ummmmmm, una maleta grande de aluminio. Es muy singular. Debería haber aparecido. Se le debe haber desprendido la etiqueta por algún motivo. ¡A ver si soy capaz de encontrarla ahora!". Nuestra cara era de alucinados. La llamada duró más de una hora. A través del altavoz del ordenador (por Skype) se le escuchaba teclear mientras iba rumoreando. "Chicago........... ah!, esta podría ser.... no, esta no es... y a ver acá... San Francisco..... Ajá.....". Y así durante un largo espacio de tiempo, mientras nosotros estábamos en silencio.

Y de repente, estalló en gritos de felicidad: "¡La he encontrado!, ¡La he encontrado!". Estaba tan eufórica que parecía que había encontrado alguna cosa suya. Es increíble la determinación que otorga el tomarse un tema como algo personal. Los operadores que nos habían atendido anteriormente fueron rutinarios y no hicieron ningún tipo de esfuerzo. Resulta que habían reetiquetado la maleta en Chicago a nombre mío en lugar del de Carme y no eran capaces de asociarla a la maleta reclamada. La maleta había estado desde el primer día en el aeropuerto de San Francisco. La operadora eficiente se llamaba Luna Castillo (se nos quedó grabado el nombre...) que nos garantizó que la maleta llegaría a mediodía a nuestro hotel.

El primer día en San Francisco había sido una toma de contacto con la ciudad. A pesar de la historia de la maleta extraviada que nos amargó un poco la llegada, fue un día agradable. Descubrimos la zona del puerto en la que probamos la clásica sopa de cangrejo, vimos los leones marinos en el pier 39 y lo paseamos enterito a píe. También fuimos a ver los tranvías y descubrimos las colinas que forman la ciudad. Las primeras sensaciones me mostraron una ciudad que ya era conocida (el efecto del cine...) y a la que seguro que regresaré en el futuro. Algo parecido a lo que sentí en mi primer viaje a Nueva York.

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Una vez localizada la maleta, nuevo cambio de planes. Iríamos a recoger la moto a la agencia, pasearíamos con la Harley un rato por San Francisco y nos regalaríamos una buena comida. Luego, regresar al hotel para organizar el equipaje y comenzar el viaje en moto hasta donde llegásemos ese día (evidentemente, sería imposible llegar a Yosemite). Así pues, nos presentamos en la agencia a recoger la moto prácticamente con lo puesto y los cascos. Había un par de parejas que estaban recogiendo dos preciosas BMW GS's: una 1200 y una 800. Equipados a tope, estaban haciendo los últimos retoques a las cargas en las motos. Se me iban los ojos. A nosotros nos esperaba una Harley Electra Glide negra prácticamente nueva que iba a ser nuestro acompañante en los días siguientes.

Wolfgang (el director y fundador de la Agencia) nos pregunta por nuestra experiencia en moto, nuestros viajes, nuestro plan,... Cercano y afable, es un placer charlar con él. Al hablar de nuestros planes de viaje, desplega un mapa sobre el mostrador y con un rotulador fosforito va marcando y comentando la ruta a seguir. Se le nota que lo conoce bien y transmite una gran seguridad. "A great trip!" nos anima. "GPS? As you want... but it is not necessary. A map is funnier!". Y así fue. El mapa marcado por Wolfgang fue nuestra buena guía por el Oeste Americano.

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Como no teníamos equipaje para montar en la moto, la recogida fue muy rápida. Me explica cuatro detalles de la Electra Glide y "you can start your travel!...". Hace un par de años, alquilé una moto igual durante un par de días en Murcia y fue un viaje agradable. Lógicamente, no se trata de una deportiva ni una moto demasiado manejable. Son unos 400 kilogramos los que hay que manejar. Me sorprende un refinamiento tecnológico: la llave se lleva en el bolsillo y la moto solamente puede arrancarse cuando la detecta cerca por radiofrecuencia. El sistema es cómodo, pero durante el viaje me iba a dar un susto tremendo: no os lo anticiparé de momento.

Los primeros kilómetros los hacemos por la ciudad. Circulando tranquilos por la ciudad con la libertad que da hacerlo sobre una moto. Fuimos a ver el Golden Gate y descubrir algunos barrios más alejados del centro. Las primeras veces que me toca parar y arrancar en las empinadas calles de la ciudad impresiona un poco, pero en poco rato me acostumbro. Como habíamos planeado, nos fuimos a un restaurante italiano al que habíamos echado el ojo: el plato de "spaghetti nero" estaba sencillamente espectacular... Con mejor humor del que nos habíamos levantado llegamos al hotel en moto y rápidamente distinguimos nuestra querida maleta Rimowa de aluminio en la recepción. ¡Por fin!.

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¡La que liamos en la recepción del hotel!. Se trataba de ver como se podía traspasar parte del contenido de las maletas a las alforjas y el baúl. Un verdadero puzzle, con todas las piezas distribuidas por la recepción. Finalmente, la moto está montada y cerca de las 15 horas arrancamos.

Por fin, en ruta. Aunque el retraso en la salida nos hizo arrancar sin saber hasta donde íbamos a llegar a pasar la noche.

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La primera sorpresa fue al subir a la autopista para abandonar la ciudad: así que era aquí donde estaba todo el tráfico. Un montón de carriles y un tráfico intenso. Muy intenso. Nos dirigimos hacia el Bay Bridge para salir de la ciudad cruzando la bahía. Son cinco carriles en cada sentido, situados unos encima de los otros. El de salida es el de abajo. El tráfico tiene una velocidad constante, prácticamente en el límite permitido. Imposible pararse en el puente a hacer fotos.

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Tras el puente, vino uno de los momentos más delicados del viaje al tener que acertar en los numerosos cruces de autopistas que nos vamos encontrando. Si nos equivocásemos en alguno de estos cruces, dar la vuelta no sería nada fácil. Pero afortunadamente, vamos acertando con la dirección adecuada. La conducción en estas autopistas de velocidad constante y un montón de carriles se me hace muy tensa, pues no estoy acostumbrado. Más de una hora después de haber salido, todavía andábamos en cruces y más cruces de autopistas, y siempre con un tráfico denso. Las pocos motos que vamos viendo circulan adecuadamente por los carriles incluso en las retenciones y dentro de los límites de velocidad.

En la primera parada, nos encontramos con una curiosa Goldwing de tres ruedas. Comenté que quien querría llevar ese invento. Pero inmediatamente me tuve que tragar las palabras al bajar una persona cojeando ostensiblemente. Estuvimos charlando un rato con él, que resultó ser un veterano de la Guerra del Vietnam (llevaba un ostensible parche en la chaqueta). El conjunto era curioso y pintoresco.

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Unos kilómetros más adelante se acaban las autopistas y comienza una carretera de doble sentido. Y allá nos equivocamos de carretera al cruzar una ciudad. Cuando parecía más fácil seguir el rumbo correcto. Aunque la orientación al este era buena (el sol que ya se estaba poniendo,nunca miente) no acertamos con la carretera que buscábamos. Nos encontramos circulando por una carretera secundaria de rectas infinitas. A derecha e izquierda ibamos viendo cada cierto rato la entrada de enormes ranchos. Pero no había nadie en la carretera y ninguna referencia de ciudades ni de kilometros (bueno, de millas) a algún lado. Solamente seguir, seguir y seguir mientras empezaba a oscurecerse el cielo.

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A esas alturas, ya era consciente de que nos habíamos equivocado no habiendo parado antes a dormir: el primer día no tocaba que nos enganchara la noche en la carretera. Y entonces, se encendió la luz de la reserva de gasolina. Ni me había acordado de que había que echarle gasolina a la moto de vez en cuando. ¿Como puedo ser tan idiota de hacer llegado a esta situación: perdidos en una interminable carretera solitaria, cayendo la noche y sin gasolina? No podía entender mis fallos de libro y eso me daba más rabia todavía. Paramos un par de veces a abrigarnos ya que la temperatura bajaba rápidamente con la llegada de la oscuridad. El último pueblo que habíamos cruzado ya quedaba demasiado lejos para regresar pero tenía el miedo silencioso de que esta carretera de los ranchos no tuviese salida. ¡Vaya manera de empezar el viaje en moto!.

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