Durante décadas, las marcas japonesas marcaron el paso de la industria de la moto. Honda, Yamaha, Kawasaki y Suzuki llegaron a Europa en los años 60 y 70 como una especie de apisonadora silenciosa: motos bien hechas, fiables, fáciles de mantener y, sobre todo, coherentes. Frente a la irregularidad europea de la época, Japón ofrecía algo casi revolucionario: complicidad mecánica. Girabas la llave, arrancaba. Pasaban los kilómetros, seguía arrancando. Y si algo fallaba, solía ser predecible y solucionable.
Ese relato se consolidó durante generaciones. Honda construyó un imperio alrededor de la palabra fiabilidad. Kawasaki se ganó fama de motores duros y prestaciones sin concesiones. Japón no solo vendía motos: vendía tranquilidad. Y eso, durante mucho tiempo, justificó precios, esperas y una cierta sensación de estar en el lado correcto del mercado. ¿Hasta ahora?
Algo está empezando a chirriar. Y no es un caso aislado
El mejor ejemplo reciente es Kawasaki. La Ninja ZX-6R, uno de los modelos más emblemáticos del segmento supersport, acumula ya dos recalls por un problema serio en el motor. El primero, lanzado en junio del año pasado, no resolvió la avería. El segundo ha sido más contundente: parada total de ventas, orden expresa a los propietarios de no usar la moto y, lo más delicado, ninguna solución técnica disponible a día de hoy. El origen del fallo está en el casquillo número 5 del cigüeñal, que puede griparse y provocar pérdida de potencia o daños internos graves. Kawasaki investiga el problema desde 2024.
Honda, la referencia histórica en fiabilidad, tampoco atraviesa su mejor momento. La CBR600RR, en versiones 2024 a 2026, está afectada por un defecto de fabricación en la superficie del cilindro que puede provocar un consumo excesivo de aceite. El escenario es serio: si el nivel baja demasiado, los cojinetes de biela pueden llegar a griparse, con el riesgo de bloqueo de la rueda trasera o incluso incendio si el aceite alcanza el escape. La campaña afecta a más de 1.200 unidades y, aunque Honda asumirá el coste de la reparación, el problema existe y es reconocido oficialmente.
Y no es el único frente abierto. La CB1000 Hornet también está siendo llamada a revisión en Europa por un posible consumo excesivo de aceite. Honda investiga si el origen está en los segmentos o en el propio pistón y ha puesto en marcha una solución en dos fases para evitar que los usuarios se queden sin moto durante semanas. En total, unas 10.000 unidades afectadas en Europa. No es una anécdota menor, sobre todo teniendo en cuenta que ese motor procede de la CBR1000RR de 2017, un propulsor que hasta ahora se consideraba de fiabilidad probada.
Aquí es donde la pregunta deja de ser incómoda y pasa a ser inevitable: ¿qué está pasando?
Durante años, Japón compitió desde una posición de superioridad técnica y de proceso. Hoy, el contexto es radicalmente distinto. Las marcas chinas han entrado con fuerza, no solo en cilindradas bajas, sino en segmentos medios y altos, presionando precios, plazos y márgenes. El mercado exige más modelos, más rápido, con más tecnología y a precios más ajustados. Y ese apriete no sale gratis.
La sensación, cada vez más extendida, es que los ciclos de desarrollo se han acortado demasiado. Que se está lanzando producto antes de tiempo. Que el margen de seguridad que caracterizaba a las japonesas se está estrechando peligrosamente. No porque ya no sepan hacer motores, sino porque el contexto industrial ya no permite el mismo grado de conservadurismo técnico de hace 20 o 30 años.
Tampoco exageremos. Esto no significa que Japón se haya vuelto de repente poco fiable. Sería injusto y exagerado. Pero sí apunta a un cambio profundo: la fiabilidad ya no es un dogma incuestionable, sino una promesa que hay que volver a demostrar. Mientras tanto, China observa, aprende y aprieta. Y cuando el principal argumento histórico empieza a resquebrajarse, el mercado deja de ser tan indulgente.
No es el fin de las marcas japonesas. Pero tampoco es un simple bache. Es una señal. Y esta vez, conviene escucharla.
Imágenes | Honda, Kawasaki
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