Hay un nuevo consenso silencioso en el sector de la moto deportiva. No lo verás en grandes titulares, pero está pasando delante de tus narices: las supersport están regresando.
Y no por nostalgia ni por romanticismo de los noventa. Vuelven porque son, sencillamente, lo único que muchos pueden permitirse. Las superbike están muriendo lenta pero inexorablemente. Es lo que las marcas parecen querer.
Un alegato a favor de las supersport; gracias, marcas de motos
La Honda CBR600RR está otra vez en los catálogos europeos (aunque con una cola de espera larguísima; de más de un año). Kawasaki también ha revivido su preciosa ZX-6R. Suzuki no termina de mover ficha, pero Yamaha sigue vendiendo su R6 Race como base de competición; la novísima R9 también entra en la jugada (y en el WSSP también).
Algo se mueve. Y se mueve hacia abajo. En precio, en tamaño… pero no necesariamente en sensaciones.
Las cifras no engañan a la hipótesis anterior. Una CBR600RR 2024 se vende por 13.350 euros. La nueva ZX-6R, por 13.199. Son motos ligeras, agresivas, afiladas, con electrónica suficiente y motores que suben hasta las nubes. Y eso, hoy, es una bendición: porque una CBR1000RR-R Fireblade vale 25.735 euros. Una ZX-10R: 22.250. La Yamaha R1 ya ni aparece en el catálogo oficial. La Aprilia RSV4 Factory supera los 25.000, y no digamos la Panigale V4, que juega en otra liga: la del lujo prestacional (y económico).
El resultado: una generación entera de aficionados deportivos que, directamente, no puede permitirse una superbike. Ni mantenerla. Porque a esos precios hay que sumarle neumáticos que se funden en dos días, seguros prohibitivos, mantenimiento quirúrgico y una usabilidad que en carretera abierta muchas veces se vuelve absurda. Hemos pasado a otra etapa de la historia en las motos.
Pero las supersport tienen otra narrativa, y en 2025, tienen sentido. Con potencias de entre 110 y 120 CV, pesos muy contenidos (la nueva Honda apenas llega a 193 kg con todo lleno) y geometrías nerviosas, estas motos están pensadas para ser pilotadas, no solo conducidas. Y ahí es donde reside su magia. Abracémoslas.
Con unas buenas manos, y dependiendo del trazado, una 600 bien llevada puede humillar a una 1000. Porque el motor se deja exprimir sin miedo, porque pesan 20 kilos menos, porque entran donde las grandes no giran y porque puedes frenar tarde y salir con el gas abierto sin que te reviente el control de tracción. Y, sobre todo, porque dan sensación de velocidad a 130 km/h, no a 230. Esa conexión física, mecánica y sensorial que te devuelve a la esencia de por qué montas en moto.
Las marcas lo saben, y también saben que las superbikes son prohibitivas. Por eso están rescatando a estas guerreras de media cilindrada. No se trata solo de romanticismo: es una cuestión de supervivencia. Y de identidad. Porque si las deportivas desaparecen del catálogo generalista, solo quedará el recuerdo. Porque las motos son muchas cosas, y hay muchos tipos. Pero las RR son las que dan magia al sector; por las que las grandes marcas pasaron a la historia en las series mundiales. Las supersport son ahora las embajadoras de un ADN que nació en los circuitos y que necesita mantenerse vivo en la calle.
En un mercado dominado por las trail, las naked y los SUV con dos ruedas (comodísimos, pero no enfocados a un público visceral como es el motero), estas motos siguen representando lo que muchos entendemos por una deportiva de verdad. Con carenado, con semimanillares, con un motor puntiagudo que te exige y una posición de conducción que no perdona muñecas ni espalda. Pero que recompensa como pocas cosas lo hacen cuando te bajas de ellas.
No es una moda. Es un aviso. El regreso de las 600 es el último grito de guerra del motociclismo deportivo. Y quizá, su mejor oportunidad de seguir existiendo fuera de las vitrinas y los vídeos de YouTube.
Imágenes | Kawasaki, Honda, Yamaha, Ducati
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