Las motos de mis sueños, nuevas generaciones

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Ducati Monster S4RS

Antes de nada debo advertir que es muy posible que encontréis las motos de hoy “demasiado modernas” o convencionales. No es de extrañar, pues el que aquí escribe hace bien poquito que llego a las 24 primaveras. Dicho de otra manera, motos como la Honda NSR 75 de la que hablaba Albi el lunes sólo las vi a la venta en el mercado de segunda mano. Subrayar también que nunca he sido seguidor de las altas cilindradas o los pesos desorbitados y que en la sencillez encontré mis mayores sueños.

Aprilia RS125 o RS250


Max Biaggi

No recuerdo en qué momento caí enamorado de esta moto. Sé que cada fin de semana me quedaba pegado al televisor acompañado de unas tapas en forma de aceitunas o una pizca de lo que sería la comida. Acompañado de una limonada casera en jarra de medio litro y cargada de hielo, veía hipnotizado los triunfos de una moto negra en cuyo carenado se podía leer: “Chesterfield”. El camino de mi media naranja ya estaba marcado, tenía que ser una Aprilia negra la que me quitara el sueño.

El sonido de aquellas bestias era indescriptible, ver arrancar una treintena de motos desde la parrilla de salida lanzándose a la primera curva suponía uno de los momentos más intensos del día. Pasado un tiempo prudencial y haciendo uso de un gusto exquisito caí profundamente enamorado de la Aprilia que llevaba un piloto tan extravagante como Marco Melandri.

Marco Melandri en 2000

Con ella en mente crecí hasta empezar a informarme sobre licencias y carnés de conducir. Más contento que el día del primer beso me encontré al enterarme de que con 16 años podría hacerme con lo más parecido que había entonces: una Aprilia RS125. Quizás no era la mejor elección pues se había ganado la fama de pasar más tiempo en el taller que en la carretera y la presencia de la polivalente y económica Honda NSR 125 siempre creaba dudas.

También la Cagiva Mito quería robarme el sueño, pero nunca tuvo la personalidad de la Aprilia. Ella lo tenía todo. Un carenado de los de verdad, de los que te quitan el aire y te permiten esconderte tras su cúpula – porque ahora te tienes que comprar una doble-burbuja… –, la estética de la moto de carreras del italiano, una rueda trasera que imponía respeto… y el conjunto de chasis y basculante más noble, provocativo y elegante que se haya fabricado jamás. Verte reflejado en él es lo más parecido a conectar tu “avatar” a un Ikran.

Qué decir de su comportamiento… nunca me ha gustado abrir gas en una recta sin fin, soy más de empalmar una curva con otra sintiendo que estoy exprimiendo al máximo la pequeña dos tiempos, que soy yo quien pilota.

Cuando tuve edad trabajé duro y me hice con ella, y con ella encontré mis mejores momentos. Una carretera comarcal perdida en La Mancha. A sus lados ya aparecían las primeras amapolas destacando sobre la mezcla de trigo amarillo y verde. Un pueblo de paredes caliza. Gasolinera echando la siesta y diez euros arrugados en la cartera para el depósito. Dos rectas de varios kilómetros servían para calentar ruedas antes de encarar un zigzag cada vez más estrecho con un puente de un sólo carril como guinda. En él se levantaban no más de tres palmos un inocente muro de piedra con la labor de evitar que cayeras a lo que en algún tiempo fue un río.

Campo de Castilla

Aquel puente no era más que el pistoletazo de salida de mi pequeño secreto, el lugar donde me perdía cuando tenía gasolina. Llegaba por debajo de 8.000 vueltas, con la calma de un dos tiempos con válvula de escape anulada y, de paso, haciendo unos consumos de 4 litros a los cien. Pasada la sombra de los álamos comenzaba la diversión. Girando el puño esperas impaciente una patada que nunca dejó de sorprenderme. Sientes un hormigueo extraño, la moto vibra pero llegado el momento todo cambia. Lo que era irregularidad se transforma en finura y suavidad, ya no titubea, es contundente y firme, como si de repente hubieras apretado el botón de viaje interestelar.

La sensación es como haber sido embestido por una ráfaga de aire de 300km/h. La italiana te empujaba lujuriosa a una serie de tres curvas rápidas espectaculares. Detrás, te persigue el sonido de dos millones de abejas rebotando por el pequeño valle, señal inequívoca de haber pasado a la acción. Una sensación de paz por concentración que no todos conocen.

Aprilia RS125 2001

La ruta no era larga, pero lo que vivías en poco más de siete minutos era infinitamente superior a cualquier instante del día. Si el motociclismo se basa en sensaciones, aquella moto era puro motociclismo.

Ducati Monster


Ducati Monster 1100

Nunca pensé que acabaría gustándome el motor de una Ducati, son exactamente lo contrario al comportamiento al que estaba acostumbrado. Pero el día que me subí por primera vez a los lomos rojizos de una Monster decidí que mi próxima moto tenía que ser esa y no otra.

Me cautivó por ser una máquina que había nacido con el simple propósito de disfrutar, sin preocupaciones. No había necesidad de volver a casa con dolor de espalda, culo o muñecas, o preocupado por la próxima revisión. Es una moto “montaydisfruta”. Es útil, divertida, ágil, pequeña, personalizable y nunca ha pretendido complicar la vida a nadie.

Con o sin banda blanca en el depósito, con Brembo mordiendo uno o dos discos, con los escapes bajos o a la altura casi del colín… no me importa, el concepto Monster es atemporal y no cambia por cambiar un faro redondo por otro anguloso y estilizado. Es un Monstruo con el que me tengo que hacer más pronto que tarde. Quepa decir que ahora mismo suspiro por una 796 o una S2R 800…

Ducati 748


Ducati 748

Sublime. Cualquiera que haya tenido el placer de estar junto a una Ducati 916/996/998 o 748 sabe de lo que estoy hablando. Lo cierto es que la 748 se ganó la fama de ser una de las motos más delicadas que había fabricado Borgo Panigale en muchos años, sobre todo si te tocaba uno de los modelos que habían salido de la factoría durante los duros tiempos en los que Cagiva mandaba.

Pese a todo, aun hoy, sabiendo que no podría mantenerla, sigo mirando el mercado de segunda mano en busca de alguna oportunidad… quién sabe.

De ella, como de la Monster, me atrajo su tacto: ese depósito metálico, frío en invierno pero extremadamente agradable en primavera o verano. Daba la sensación de estar subiéndote a una moto artesanal, compacta y sin plasticuchos inútiles; una moto de verdad, vaya.

Unos orgullosos escapes bajo el colín, de esos que no se esconden buscando centrar masas como ha ocurrido estos años, un basculante que bien podría estar expuesto en cualquier museo, aunque nunca sin ser acompañado de una llanta que recuerda a los súper-deportivos de los 90… hacen de estas líneas el auténtico Ferrari del motociclismo.

Fotos vía | Aprilia, Carlos Domínguez, La Tierra pura, Ducati Club Koza
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