
Si a inicios de este año me hubieran preguntado por mis planes de viaje en moto para este año, jamás hubiera dicho que iba a recorrer el oeste americano sobre una Harley. No es que no se me hubiera pasado por la cabeza, pero era como uno de esos pendientes eternos. Algún día. Pero no durante esta Semana Santa. Y sin embargo, estoy escribiendo este post desde mi hotel en San Francisco a las cuatro de la madrugada, víctima del jet-lag.
Todo empezó con las ofertas de Iberia a mediados de enero. En casa comentamos que hacía tiempo que no realizábamos un viaje sin motos, así que miramos billetes y acabamos comprando uno para pasar la Semana Santa en San Francisco. A hacer el turista de a píe. Pero unos días más tarde empecé a comentar la posibilidad de recorrer una parte de la Ruta 66 en una Harley. Total, “puestos a alquilar un coche, mejor alquilamos una moto”. Cuando quisimos darnos cuenta, ya lo habíamos liado del todo: alquiler de 13 días de una Harley-Davidson Electra Glide. En fin, ya se sabe que la cabra tira al monte, y que las motos nos gustan más que un caramelo a un niño. Así que aquello de viaje sin motos quedó olvidado.



