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Ducati 899 Panigale, prueba (conducción en ciudad y carretera)

Ducati 899 Panigale, prueba (conducción en ciudad y carretera)
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Una vez hacemos el típico briefing en las instalaciones de Ducati Madrid nos abren las puertas del concesionario y sacamos empujando a la Ducati 899 Panigale hasta el borde del asfalto. En silencio y sin casi esfuerzo hemos dado pie a la última deportiva de Borgo Panigale para que empiece a desmelenarse. Se siente muy ligera y no opone resistencia a romper su estado de reposo, de hecho parece que quiera comenzar a moverse nada más tomar la vertical.

Giramos el contacto situado al final del depósito, vamos levantando la mirada y por delante tenemos una imponente tija mecanizada a partir de un bloque de aluminio con formas voluptuosas, luego el amortiguador de dirección en posición transversal a la marcha y, por fin, el cuadro de mandos. Check de rigor, deslizamos el gatillo de la piña derecha, apretamos el botón de puesta en marcha y, cuando creía que aquel sonido atronador de la Ducati 1199 Panigale S se me había olvidado, me encuentro con otro tan ensordecedor, o casi tanto, como aquél.

Ducati 899 Panigale: tambores de guerra

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El volumen al ralentí es alto, tanto que es muy complicado tener una conversación con alguien mientras al lado el motor superquadro de 898 cc gorgotea como las tripas de un volcán. Si te paras un momento antes de subir es fácil notar las pistonadas del motor en el estómago, pero no nos vamos a amedrentar. Sobrevivimos al encuentro con su hermana mayor.

Una vez levantamos bien una pierna para esquivar el alto y afilado colín buscamos el sitio sobre la Ducati 899 Panigale. Fácil, pegado al depósito, el asiento está muy inclinado hacia delante y nuestra virilidad se verá oprimida. Lo bueno es que con ambos pies puedo tocar el suelo fácilmente desde el asiento situado a 830 mm. Tanteando las estriberas nos encontramos con que las rodillas quedarán muy flexionadas, están altísimas y por detrás de nuestro trasero, lo propio para una moto con un enfoque tan deportivo.

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El manillar está lejos, de hecho cuando nos lanzamos a por él parece que intentemos coger la rueda delantera. El resultado es una postura un tanto encogida hasta para mi corta estatura pero que podría ser peor, por suerte los manillares no están muy cerrados. Aun así, el paso entre la posición de dominguero y estar escondido tras la escueta cúpula es hasta casi natural. Sólo la postura ya apunta maneras de qué intenciones tiene: ir muy rápido.

Emprendemos la marcha y el rugido del bicilíndrico llena la calota del casco, es imposible pensar en otro sonido que sea más maravilloso. Disfruto en cada deceleración entre semáforos viendo cómo la gente se gira desde las aceras y los conductores dentro de sus coches miran furtivos por el retrovisor. Quien no disfruta tanto es mi brazo izquierdo.

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No se porqué me parece más duro éste embrague que el de la 1199, pero bueno, sarna con gusto no pica, y el cambio semi-automático (DQS) nos alivia un poco el trabajo subiendo marchas. Un detalle del escape que me llamó la atención es que esté en contacto directo con la cadena, sin ningún protector. No se qué tal le sentará al metal caliente la grasa con el paso del tiempo.

Ducati 899 Panigale: vamos a divertirnos

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El asfalto está húmedo. La tónica general de mis días sobre la Ducati 899 Panigale ha sido una llovizna fina pero que termina calando. Así que hasta que salimos del centro de Madrid conservo el modo Wet seleccionado. La potencia tiene una entrega suave, limitada a 110 cv, y las contramedidas los ajustes de control de tracción y ABS están al máximo. A cada paso de cebra, tapa de alcantarilla, o entrega de par contundente la luz ambar del cuadro de mandos se ilumina indicándonos que hay pérdidas de adherencia y el control de tracción actúa, de manera poco intrusiva.

Los frenos Brembo tienen potencia a raudales, pero hay que hacer un poco de fuerza para empezar a notar algo de mordiente. Estoy acostumbrado a frenar con un dedo y aun conduciendo con cuidado y antelación por culpa de las condiciones climatológicas me he visto obligado a usar dos dedos para aplicar la fuerza necesaria sin que los músculos se me resintieran.

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Poco a poco nos vamos abriendo camino con la vista puesta hacia zonas más amplias y elegimos el modo Sport. Ahora le toca el turno a un breve recorrido por la M30 y sus famosos túneles que nos obligan a mantener una velocidad de 70 km/h, algo realmente complicado sobre ésta moto. No se siente cómoda, no quiere ir de paseo, no quiere circular a punta de gas. Ahora tenemos 148 cv a disposición con una entrega de potencia suavizada.

Tan pronto como podemos buscamos una salida con la que dejar caer de vueltas el motor. Abrimos gas en segunda con decisión y pasadas las 6.000 vueltas empieza el espectáculo ecuestre. Uno detrás de otro los caballos van saliendo por el tubo de escape, el sonido cambia y se vuelve desgarrador a medida que las barras del tacómetro van apareciendo. Cuando queremos cambiar de marcha gran parte del paisaje se ha quedado atrás y los límites de velocidad corren un serio y constante peligro, así que lo mejor es buscar un patio de juego donde empezar a tontear. Lo conozco y no está lejos, qué mejor oportunidad.

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De camino cada rotonda es una fiesta, un matasuegras asomando bajo la visera del casco. Del mismo modo cuando llegan mis curvas preferidas compruebo como la precisión de la dirección es quirúrgica. Quiere girar, le gusta hacerlo, y lo hace bien, muy bien. Puedes permitirte el lujo de fallar que la Ducati 899 Panigale no va a ponerte mala cara. Es muy rígida pero si hay cualquier imprevisto puedes levantar un poco, frenar de nuevo y corregir con tranquilidad. Eso sí, los baches en plena trazada se atragantan un poco.

Pero lo excitante no es fallar, aunque dicen que de los errores se aprende, lo divertido es entrar en la curva, girar en escasos centímetros y abrir gas con el respaldo de un control de tracción que te cubre las espaldas. Cualquier régimen es bueno para salir disparado como un gato con el rabo en llamas disfrutando mientras eres consciente de cómo cambian las geometrías de las suspensiones por el esfuerzo al que les somete el motor y notas que la dirección se aligera. Segunda, tercera o cuarta, en todas , pero todo bajo control, en ningún momento sentí que me superase. Es poderosa pero dulce y el amortiguador de dirección evita que en asfaltos rizados se nos haga un nudo en el estómago.

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