600 kilómetros y un café. Ahora sí que sí, las motos eléctricas han cambiado para siempre con la llegada de las baterías sólidas

Una moto eléctrica con baterías de estado sólido acaba de demostrar que cargar en diez minutos ya no es una promesa, sino una realidad incómoda

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John Fernández

El mundo de la moto eléctrica acaba de pegar un salto incómodo para muchos. No porque llegue una nueva naked futurista ni porque se hayan afinado cuatro cifras de autonomía, sino porque alguien ha decidido cargarse de una vez el mayor argumento en contra de la eléctrica: el tiempo.

Verge acaba de presentar en el CES de Las Vegas una TS Pro equipada con baterías de estado sólido capaces de recuperar cientos de kilómetros en apenas diez minutos. Diez. No media hora, no un rato largo, no “si encuentras el cargador adecuado”. Diez minutos y a seguir.

El estado sólido entra en la moto eléctrica y lo cambia todo

Lo realmente llamativo no son solo las cifras, que ya de por sí descolocan, sino el origen del invento. No es Honda, no es Yamaha, no es un consorcio chino con presupuesto infinito. Es una marca finlandesa relativamente pequeña, apoyada por Donut Lab, una empresa hermana que desarrolla y fabrica estas celdas en Europa. Justo lo contrario de lo que muchos esperaban cuando se hablaba, desde hace años, de que las baterías de estado sólido eran el futuro. El futuro, al final, ha llegado por la puerta de atrás.

La Verge TS Pro abandona por completo el ion-litio y apuesta por un diseño de placas planas con electrolito sólido. Eso permite meter más capacidad en el mismo espacio, mejorar la refrigeración y reducir de forma drástica el riesgo de incendio. En la práctica, Verge ofrecerá dos configuraciones: una batería de 18 kWh que admite cargas de hasta 100 kW y otra de 30 kWh capaz de aceptar hasta 200 kW. Traducido al lenguaje de la calle, significa sumar alrededor de 200 kilómetros en diez minutos en la versión pequeña y rozar los 300 en la grande. Autonomías totales que, según cómo se use el puño derecho, ya no suenan a excusa.

Y aquí es donde cambia el marco mental. Porque hasta ahora la moto eléctrica vivía atrapada en un bucle: poca autonomía real, cargas largas y planificación constante. Siempre había un “pero”. Con estas cifras, ese “pero” empieza a desdibujarse. Diez minutos dejan de ser una limitación y pasan a ser una parada normal. El tipo de pausa que haces sin pensar cuando vas de ruta. Y eso, para una moto, lo cambia todo.

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El movimiento es tan agresivo que incluso deja en tierra al modelo anterior de la propia Verge, presentado hace apenas unos meses con batería convencional. Aquel ya prometía más de 200 millas y cargas rápidas en menos de 35 minutos. Hoy, eso suena casi lento. Verge no ha dudado en apartarlo para centrarse en esta nueva tecnología, dejando claro que no quieren convivencias ni transiciones suaves. O es esto, o no es.

Todo sigue girando alrededor de su elemento más polémico: el motor integrado en la rueda trasera, sin buje, sin transmisión y sin concesiones a la ortodoxia. Un sistema electromagnético que elimina piezas mecánicas y reduce mantenimiento, pero que sigue siendo difícil de digerir para el motorista clásico. Da igual. Esta moto no está pensada para convencer a los de siempre, sino para demostrar que el problema de la eléctrica ya no es técnico

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La pregunta incómoda sigue siendo la misma: ¿dónde se carga así? Hoy, en pocos sitios. Muy pocos. Pero la historia reciente demuestra que cuando el vehículo va por delante, la infraestructura acaba corriendo detrás. Primero llegó el coche eléctrico “imposible”, luego los cargadores rápidos. Aquí el orden puede repetirse.

Lo que acaba de presentar Verge no es una moto más ni un ejercicio de diseño futurista. Es una patada al tablero. Porque a partir de ahora ya no vale decir que la moto eléctrica es lenta de cargar. El debate se mueve. Y cuando eso pasa, más de uno empieza a ponerse nervioso.

Imágenes | Verge

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