Hay una verdad casi universal en moto: la mayoría de sustos encima de ella no llegan porque el freno no tenga potencia suficiente, al contrario. Llegan porque el motorista suele actuar demasiado tarde o porque aplica más fuerza de la necesaria cuando toca, y pasa lo que pasa.
Cuando aparece cualquier obstáculo (llámalo frenada del coche de delante, o lo que sea), cada décima de segundo cuenta hasta el punto de que tener ya uno o dos dedos apoyados sobre la maneta permite evitar muchas situaciones de riesgo, y prevenir accidentes.
Dos dedos pueden ofrecer más control que cuatro
El fundamento es el siguiente: el freno delantero es el de mayor capacidad en una moto. Así que cuando se acciona, el peso pasa a la rueda delantera, la horquilla se comprime y la goma se carga.
Ese proceso se produce en solo unas décimas de segundo.
Pero claro, si la maneta se aprieta de golpe, esa transferencia de pesos de la que hablábamos se produce de una manera tan brusca que la suspensión se hunde rápidamente y el neumático tiene menos margen para aprovechar el agarre disponible.
El ABS (si es que la moto tiene) puede corregir parte de eso, pero incluso así, la distancia de frenado aumenta.
Por eso los instructores y profesionales de la moto recomiendan la táctica progresiva; la frenada más eficaz suele comenzar con una presión suave que aumenta rápidamente hasta alcanzar la fuerza necesaria.
Ahí es donde entran en juego los dedos que decíamos; al utilizar solo el índice y corazón en la maneta, el anular y el meñique nos dejan seguir sujetando el puño, lo que nos da el punto de apoyo adicional y también nos deja modular la presión perfecta sobre el freno.
La diferencia puede parecer mínima, pero se nota especialmente en frenadas delicadas, superficies con poco agarre o situaciones donde hace falta dosificar la fuerza con precisión.
Mientras, la jugada con el freno trasero. Frena menos, sí, pero su objetivo no es frenar del todo, sino ayudar a estabilizar el conjunto durante la desaceleración.
Imágenes | R-H, Motorpasión Moto
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