La combinación de tecnología, competición y Spencer convirtió a la CB-F en el icono que definió los años '80
Es cierto que ahora Honda no es lo que era, al menos en competición. Quizá vuelva, y tienen madera. Sin embargo, hubo un momento en la historia en el que los nipones no necesitaba explicaciones sobre quiénes eran; bastaba con mirar una parrilla de salida.
A mediados de los años '70, mientras el resto de marcas empezaban a apretar con motores más modernos y conceptos más agresivos, Honda parecía haberse quedado anclada en su propio éxito. La CB750 había cambiado el mundo… Pero el mundo ya estaba cambiando otra vez. Y esta vez, Honda no iba en cabeza.
Cuando Honda convirtió su Armada Invencible en la moto que dominó la calle
En ese preciso momento, llegó la respuesta, y no en los concesionarios, sino en los circuitos. Se llamaba RCB1000, y no era solo una moto de carreras… Era más bien un mensaje; un prototipo de moto llevado al extremo, nacido para recuperar el respeto perdido. Y eso, hablando de los japoneses, significa muchísimo.
Evidentemente, aquella moto hizo lo de ganarse el respeto de la manera más contundente posible: ganando… Y no solo ganando, sino haciéndolo una y otra vez, sin margen, y sin dudas.
Entre 1976 y 1978, el dominio fue tan aplastante que en Japón empezaron a llamarla de una forma que lo resumía todo: la Armada Invencible. Y creed en que no era una exageración, sino una descripción.
Bien, pues aquello no era una racha, sino que empezó a ser una declaración de poder sostenida en el tiempo, tanto que la RCB1000 no solo ganaba, sino que lo hacía con una superioridad técnica que dejaba al resto reaccionando tarde, cuando hasta hace poco antes de eso, irónicamente, era al revés.
Y lo hicieron con un motor derivado de la CB750 de calle, aunque nada tenía que ver: doble árbol de levas, más cilindrada, más empuje… Y, sobre todo, una fiabilidad que en resistencia marcaba la diferencia. Esa, quizá, fue la clave: aguantar, aguantar y aguantar… Y repetir.
De la Armada Invencible al concesionario
Honda no se limitó a celebrar sus victorias, sino que las convirtió en producto. Todo lo aprendido con la RCB1000 acabó cristalizando en una moto que tenía que cumplir una misión muy concreta: recuperar el mercado. Y así nació la legendaria CB-F.
Primero la 900F en Europa, después la 750F en Japón y Estados Unidos... Ya no era la CB750 clásica evolucionada. Era otra cosa; un salto generacional.
El motor pasaba a ser DOHC de cuatro válvulas, la parte ciclo se endurecía, aparecían soluciones como los frenos de triple disco o las llantas Comstar, y el conjunto se envolvía en una estética nueva, más tensa, más moderna, más alineada con lo que pedía la época.
Pero lo importante no eran las cifras. Era el mensaje: la CB-F no era una moto más. Era la traducción directa de aquella “Armada Invencible” a algo que podías tener en tu garaje. Y eso, en un momento en el que la competencia apretaba como nunca, lo cambió todo.
Cuando la competición y la calle hablan el mismo idioma
Honda entendió que ganar en resistencia estaba bien, pero había otro frente clave: Estados Unidos, que para entonces era el mayor mercado del mundo. Y ahí entraba en juego otro elemento imprescindible en esta historia: el piloto.
A principios de los '80, la marca desembarca en el AMA Superbike con una versión adaptada de la CB-F. Y sobre ella se sube un chaval que todavía no era leyenda, pero estaba a punto de serlo: Freddie Spencer, que era rápido, agresivo, diferente… Spencer no tardó en poner a Honda otra vez en el foco. Las batallas con Eddie Lawson y las Kawasaki, o con las Suzuki de Yoshimura, devolvieron a la marca a ese punto en el que no hacía falta explicar nada.
Pero hubo un momento que lo cambió todo, concretamente en Daytona, 1982. Spencer gana. Y no lo hace con cualquier moto, sino con una CB llevada al límite, afinada con soluciones heredadas incluso de las GP. Aquella victoria no fue una más. Fue el puente definitivo entre la moto de carreras y la moto de calle.
A partir de ahí, la CB-F dejó de ser solo una buena moto. Pasó a ser un icono con aquella famosa decoración plateada con franjas azules, el color Spencer, que empezó a aparecer en modelos de calle. La imagen de Honda volvió a ser la de una marca dominante, innovadora, difícil de batir.
Y lo más interesante es que todo eso no nació en un despacho, sino en una parrilla de salida. En una época en la que Honda decidió que, si tenía que recuperar su sitio, lo haría como mejor sabía: compitiendo.
Por eso, cuando se habla de la saga CB-F hoy en día (que encima ha revivido a lo grande, aunque con atraso) ya no se habla de unas simples siglas… Se habla de un momento en el que todo encajó, de una marca que pasó de estar a la defensiva a convertirse, otra vez, en referencia, hasta el punto de que fue llamada la Armada Invencible, pero en el mundo de las motos.
Imágenes | Honda
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