Una travesía marcada por el clima cambiante, los acantilados infinitos y esa sensación constante de rodar al límite entre tierra firme y Atlántico
La carretera costera motera más larga del mundo no está en España... Ni siquiera en Estados Unidos. Está en Irlanda, se llama Wild Atlantic Way y recorre más de 2.500 kilómetros pegados al océano, siempre con el Atlántico golpeando a un lado y la sensación constante de estar rodando por el borde del mapa.
No es una carretera única ni una cinta de asfalto continua. Es una suma de tramos, carreteras secundarias, nacionales estrechas, puertos imposibles y enlaces que cosen toda la costa oeste de la isla, desde Malin Head, en Donegal, hasta Kinsale, en Cork. Un viaje largo, exigente y profundamente motero, de los que no se miden en kilómetros sino en horas de lluvia, viento en la cara y paradas improvisadas.
La Wild Atlantic Way: 2.500 kilómetros de asfalto contra el océano
Rodar por la Wild Atlantic Way es aceptar desde el primer momento que el clima manda. Puedes salir del hotel con cielo limpio y encontrarte una cortina de agua diez minutos después. O justo al revés. Pero ahí está parte de su encanto: cada curva puede cambiarlo todo. Una recta gris se transforma de repente en un balcón sobre el océano, un rayo de sol rompe las nubes y el paisaje parece recién pintado.
El plan ideal es sencillo y sin épica artificial: volar a Dublín, alquilar una moto y empezar a rodar sin demasiadas ataduras. Equipaje impermeable, margen para improvisar y la cabeza abierta. Irlanda no se disfruta con prisas. Te obliga a parar, a mirar, a aceptar que hoy no tocará avanzar tanto como pensabas.
A lo largo del recorrido aparecen algunos de los paisajes costeros más salvajes de Europa. Acantilados que se elevan más de 200 metros sobre el mar, faros solitarios azotados por el viento, playas enormes donde no hay nadie, pueblos pequeños que parecen resistirse al paso del tiempo. En algunos tramos, incluso es posible avistar delfines o ballenas desde la costa, especialmente en zonas protegidas del oeste.
Hay lugares que parecen hechos para la moto. Carreteras estrechas que serpentean entre praderas verdes, tramos donde el asfalto se pega literalmente al mar, puentes que conectan pequeñas islas y te hacen sentir que estás rodando hacia ninguna parte. Connemara es probablemente el mejor ejemplo: áspera, abierta, casi vacía, con montañas bajas pero afiladas y una sensación permanente de aislamiento.
También hay tiempo para lo más terrenal. Una Guinness bien tirada cuando la lluvia aprieta, mejillones o pescado caliente en un bar sin pretensiones, charlas con locales que parecen saber siempre cuándo va a cambiar el tiempo. Irlanda se entiende igual de bien desde el casco que desde la barra de un pub.
La Wild Atlantic Way no es una ruta para tachar puntos de una lista ni para buscar la foto perfecta en cada parada. Es una experiencia continua, un viaje largo que te va calando poco a poco. No solo por el agua. También por la sensación de libertad, por el paisaje y por esa forma tan irlandesa de recordarte que, al final, la carretera y el viaje van siempre por delante del plan.
Si existe una carretera costera pensada para perderse en moto, es esta. Y no porque sea la más larga, sino porque sabe exactamente cómo hacer que no quieras que se acabe.
Imágenes | Turismo de Irlanda
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