No era cuestión de velocidad ni de potencia: era una cultura visual y mecánica tan fuerte que terminó filtrándose a cualquier cosa con ruedas
A finales de los años 70, Japón vivía atrapada en una fiebre muy concreta. No era solo una cuestión de ir rápido, ni siquiera de ganar carreras. Era algo más profundo: la obsesión por la máquina, por la velocidad como concepto, por el diseño exagerado y por la promesa de futuro que transmitían las grandes superbikes japonesas.
Las motos crecían en todo. En cilindros, en tamaño, en potencia y también en presencia. Depósitos enormes, colines largos, cromados por todas partes, cuadros de instrumentos que parecían cabinas de avión y una estética que gritaba "rendimiento" incluso parada sobre el caballete. No hacía falta subirse para entender el mensaje.
Y esa obsesión no se quedó en los concesionarios
En el Japón de esa época, la cultura del motor se filtró hasta el último rincón, incluida la infancia. Ahí es donde entran en escena unas bicis hoy casi olvidadas, pero que dicen mucho más de lo que parece: las llamadas supercar bicycles. Bicis diseñadas como si alguien hubiese decidido reducir una superbike o un superdeportivo y quitarle el motor.
No eran bicis normales. Tenían carenados innecesarios, colines afilados, falsas tomas de aire, cromados, intermitentes, claxon, luces y paneles que imitaban cuadros de instrumentos futuristas. Algunas incluso incorporaban palancas decorativas que simulaban un cambio de marchas. Todo absolutamente excesivo para algo que se movía a base de piernas.
Pero ahí estaba la clave. Estas bicis no intentaban ser prácticas. Intentaban ser aspiracionales. Exactamente lo mismo que hacían las superbikes de la época. El paralelismo es evidente: igual que aquellas motos mostraban más relojes de los que nadie necesitaba y soluciones técnicas visibles aunque no siempre útiles, estas bicicletas convertían la tecnología (real o simulada) en espectáculo.
Bicis Japón
Transmitían la misma idea: no estás montando en un simple medio de transporte, estás pilotando una máquina. Una pequeña y con pedales, sí. Pero una máquina al fin y al cabo. Y ese mensaje caló en toda una generación que creció rodeada de iconografía mecánica, revistas, juguetes y sueños de velocidad.
Con el tiempo, muchos de esos niños acabarían dando el salto lógico. Primero a una moto, luego a una cuatro cilindros japonesa, y más tarde (si la vida lo permitía) a algo todavía más grande. Las supercar bicycles fueron el primer contacto emocional con ese mundo. El primer escalón.
Hoy, estas bicicletas se han convertido en piezas de coleccionista. No por su valor técnico, sino porque representan una época en la que Japón no fabricaba productos: fabricaba deseos. Incluso para niños que solo podían pedalear alrededor del barrio.
Y vistas con perspectiva, cuentan una historia bastante clara. Hubo un momento en el que la cultura de las superbikes fue tan intensa, tan omnipresente, que acabó colándose en los juguetes. No como una anécdota simpática, sino como un reflejo exacto de una industria y un país completamente enamorados de la velocidad.
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