El CEO de Ford mete leña a Harley-Davidson por sus motos: "No pueden vivir del pasado. No pueden quedarse así"

El aviso desde dentro: no es ideología ni nostalgia, es mercado y producto

John Fernández

Harley-Davidson lleva tiempo apareciendo en las noticias, y no precisamente por lanzar una moto que haya cambiado las reglas del juego. Ventas a la baja, una clientela cada vez más envejecida y una gama que, salvo contadas excepciones, sigue girando alrededor de la misma idea desde hace décadas: grandes cruiser, precios elevados y una narrativa de estilo de vida pensada para quien ya compró su última moto hace años.

El diagnóstico no es nuevo. Lo interesante es quién lo firma ahora. Jim Farley, CEO de Ford y miembro del consejo de administración de Harley-Davidson, ha sido claro y directo al hablar del futuro de la marca.

Harley-Davidson ya no decide su imagen: decide su supervivencia

En una entrevista con el diario argentino La Nación, Farley dejó una frase que resume el problema mejor que cualquier informe financiero: "Harley-Davidson, como Ford, es un icono global, pero también tiene que cambiar. No puede quedarse igual. No puede vivir en el pasado. Tiene que vivir en el futuro".

No es un comentario al aire. Farley sabe perfectamente lo que significa dirigir una marca cargada de historia, tradición y expectativas por parte de sus propios clientes. Ford también ha tenido que lidiar con eso durante años. La diferencia es que, con mayor o menor acierto, ha sabido abrir puertas de entrada a nuevas generaciones con productos más accesibles, más variados y adaptados a lo que el mercado pedía en cada momento. Harley, en cambio, sigue atrapada en una oferta muy homogénea, donde cambiar el motor o el carenado parece suficiente para justificar otro modelo más.

La Pan America fue una bocanada de aire fresco y demostró que en Milwaukee saben hacer algo más que reinterpretar la misma silueta una y otra vez. Pero una trail grande, potente y cara no soluciona el problema de fondo. No cuando buena parte del mercado huye de motos pesadas, de precios que rozan (o superan) los 30.000 euros y de una filosofía que no encaja con la realidad económica actual. Salarios estancados, inflación al alza y costes de vida disparados no son precisamente el mejor caldo de cultivo para vender sueños cromados a precio de lujo.

Durante años se ha intentado simplificar el debate recurriendo a excusas externas, desde decisiones políticas hasta supuestos cambios ideológicos de la marca. Farley desmonta esa narrativa sin mencionarla siquiera. El problema no es cultural ni político. Es industrial y comercial. Harley vende, en gran medida, lo que ya no es mayoritario. Y lo hace, además, a precios que cierran la puerta de entrada a quien podría ser su futuro cliente.

La propia compañía parece ser consciente de ello. Antes de la salida de su anterior CEO ya se habló de un modelo de acceso, y con la llegada de Artie Starrs a la dirección se ha insistido en la necesidad de diversificar la gama. Ahí está el verdadero campo de batalla: motos más pequeñas, más asequibles y pensadas no solo para mantener a los fieles, sino para crear nuevos.

El mensaje de Farley no es una crítica destructiva, sino un aviso desde dentro. La nostalgia vende, pero no sostiene una empresa indefinidamente. Adaptarse no es traicionar la identidad, es la única forma de conservarla. Porque, a estas alturas, Harley-Davidson no está decidiendo qué quiere ser dentro de diez años. Está decidiendo si quiere seguir siendo algo.

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