Nordkapp 2017: de ruta más allá del Círculo Polar Ártico, entre glaciares y bajo el sol de medianoche

Después de las primeras extenuantes jornadas del Nordkapp 2017, seguimos recorriendo Noruega en dirección norte en una sucesión constante de ferris, paisajes insólitos y cientos de fotografías al día. Más o menos a mitad de viaje hacia Cabo Norte superamos la frontera del Círculo Polar Ártico que nos regaló momentos aún más singulares.

A través de carreteras que te teletransportan a otro continente y bajo el desafiante clima noruego, viajamos a lo largo de tres jornadas más, a cada cual más impactante. ¿Nos acompañas?

Etapa 3: Trondheim - Brønnøysund

Durante la tercera noche de ruta el reloj biológico comenzó a estropearse. ¿Por qué? Sencillo: en esta época del año no se hace de noche. A esta latitud la luz solar está presente las 24 horas del día, así que yéndote a la cama con una iluminación natural similar a la de las 20:00 en España el cuerpo entiende que no es hora de dormir, así que duermes bastante poco.

Afortunadamente en el momento de meterse a la cama el cansancio ayuda bastante, lo que no colabora nada es que los noruegos parece que no utilizan persianas, así que salvo que haya unas buenas cortinas seguirá entrando luz (y ni por esas). Por otro lado, igual es una cuestión personal (aunque lo comenté con otros compañeros y pensaban igual), pero por allí arriba la ropa de cama no transpira nada y casi todas las noches nos despertamos sin calor pero empapados en sudor.

Los paisajes irreales, el cambiante clima y el contraste de colores nos mantuvieron en un continuo estado a medio camino entre el hipnotismo y la desubicación

¡Al lío! Nos pusimos nuestras mejores galas de motero una vez más para volver a la carretera y perdernos por las carreteras entre Trondheim y Brønnøysund, esta vez todos por zonas más interiores, aunque culminando de nuevo en la costa al final del día.

La principal protagonista de la jornada fue sin lugar a dudas la carretera E-6. Se trata de la principal carretera que une Oslo con Cabo Norte de forma directa, una pista esculpida entre rocas, llena de túneles y un asfalto perfecto que te teletransporta desde la parte más inhóspita de Europa hasta Canadá.

El paisaje es absolutamente calcado al que te puedes encontrar en el continente americano con los mismos colores grises tenues y verdes intensos, largas rectas, curvas suaves... No en vano, hace millones de años el norte del continente americano y Noruega formaban parte de la misma placa tectónica, por lo que la composición geológica y la vegetación presente son muy similares.

En el transcurso del viaje en dirección norte, las vistas eran absolutamente demoledoras. El gris del suelo contrastaba con el blanco y azul especialmente intensos del cielo que creaban reflejos totalmente nítidos sobre unas aguas perfectamente calmadas a ratos, y furiosas poco más allá.

Antes de acabar el día abandonamos de nuevo la E-6 porque como mejor se disfrutan los viajes es huyendo de las carreteras principales. Nos salimos para hacer un tramo de offroad suave, volvimos al asfalto y nos adentramos literalmente en las montañas de NordNorge a través de un inmenso túnel que desembocó, otra vez, en un paisaje irreal.

Antes de llegar a Brønnøysund, gigantescos macizos rocosos salpicados por la nieve se levantan a cada lado del agua, pero lo más chocante es que pocos metros más adelante la vegetación crece con una frondosidad imparable, capaz de convertir la roca en una poblada jungla de color verde intenso. Tan intensa como la actividad de insectos voladores de tamaño considerable.

Etapa 4: Brønnøysund - Glomfjord

La idílica ciudad costera de Brønnøysund fue la puerta a otra extenuante jornada. Esta vez no por la distancia recorrida de unos escasos 309 kilómetros sobre el papel, pero repleta de ferris con un total de cinco para los que tuvimos que convertirnos en máquinas de regularidad.

Hay algunos ferris que salen cada media hora hacia tu destino, pero otros pasan muy pocas veces al día. Eso sí, allí la gente se mueve en estos enormes barcos con total naturalidad, es la forma más rápida de conectar puntos aislados. En uno de estos cinco llegamos a parar en una diminuta población para que el cartero dejase la correspondencia y volviese a subir, y en otra parada recogimos a dos mujeres y un hombre que iban a pie con un carro de la compra (¿?).

A mitad de nuestro viaje cruzamos la señal que marca la entrada al Círculo Polar Ártico, recordándonos la magnitud de esta aventura

Y sí, es terriblemente complicado ser puntual y estar a la hora precisa en cada embarcadero. Es casi imposible digerir todo lo que puedes ver en Noruega en un solo día, especialmente con escenarios tan brutales como el puente de Helgeland por el que pasamos, abierto en 1991 para conectar el continente con la isla de Alsta.

Como para quien nace en una ciudad costera y ve el mar como el que ve una piedra que está siempre ahí, creo ni siquiera los noruegos se cansan de ver las maravillas que su país esconde a la vuelta de cada curva.

En parte, fruto de esto debe ser la pasión que tienen por el caravaning. Es casi más habitual cruzarte con caravanas y autocaravanas de todo tipo que con coches. Bueno, igual tanto no, pero nunca he visto tantas caravanas y campings repletos de vehículos vivienda, incluso en zonas realmente inhóspitas, y filas interminables de caravanas cualquier día a cualquier hora.

Por suerte la educación de los noruegos sale a reducir en carretera y con unos límites de velocidad tan escuetos acostumbran a apartarse para dejar pasar a vehículos más rápidos, bien facilitando el adelantamiento al reducir la velocidad e indicar con el intermitente derecho o directamente saliendo a un apartadero y dejando vía libre. Chapó.

Hay otra cosa con cuatro ruedas que también es muy típica en Noruega: los Tesla. El país nórdico se ha convertido junto con Estados Unidos y China en uno de los tres mercados más importantes para el fabricante de vehículos eléctricos, y no sin motivo. Las ayudas a los coches no contaminantes en Noruega son cuantiosas, de hecho el gobierno se ha propuesto que sea más caro contaminar que no contaminar.

El penúltimo de los cinco ferris del día entre Kilboghamn y Jekvik nos regaló una sorpresa. Un tanto lejana, pero a mitad de camino sobre el agua nos cruzamos con una curiosa estatua, una gran estructura de metal a los pies de una montaña que nos advirtió que ya estábamos dentro del Círculo Polar Ártico. Pese a la euforia del momento, lo mejor del día aún no había llegado.

Entre túneles excavados en la roca más similares a cuevas que los túneles de hormigón a los que estamos acostumbrados, cruzando de montaña a montaña, terminamos llegando a la pequeña localidad de Glomfjord. A un lado una estación de esquí, al otro un fiordo coronado por una montaña de más de 1.000 metros.

Aparcamos la moto, una ducha rápida y después de un autobús, un barco y un tramo en bicicleta (sí, bicicleta) acabamos cenando a los pies de un magnífico glaciar Svartisen. Desde el otro lado del lago sobre el que se refleja parece incluso pequeño, pero lo cierto es que es enorme con una altura frontal de 7 metros y una extensión total de 369 km cuadrados (en realidad es un sistema de dos glaciares).

Pasadas las 23:00 nos despedimos de aquella insólita postal envuelta en una luz de tonos dorados y un agua color turquesa. Con miles de fotografías mentales en la retina conciliar el sueño volvió a ser una misión harto complicada.

Etapa 5: Glomfjord - Lofoten

Al día siguiente nos levantamos con una extraña sensación de resaca mental. Acostumbrados a ver poco o nada en nuestro día a día la sobredosis de paisajes, climas, contrastes y emociones se volvía, en parte, en nuestra contra. Más aún en el día más extraño de todos los que íbamos a vivir en nuestro recorrido por Noruega.

Salimos desde Glomfjord una vez más en dirección norte, buscando en esta ocasión el puerto de la industrializada ciudad de Bodo. Dejando atrás las montañas y descansando la vista por encima de los enormes fiordos llegamos sin entretenernos demasiado al puente de Saltstraumen, un puente que nada más cruzar por encima nos acercamos a ver de cerca desde su parte inferior.

Si la noche anterior dormimos a los pies de un glaciar, al día siguiente vivimos una no-noche mágica con el sol besando al océano para no ponerse

En las aguas que pasan bajo él se encuentra, quizá, el lugar más peligroso de todo el viaje y quizá uno de los más peligrosos del planeta: los remolinos de Saltstraumen.

El estrechamiento de 150 metros sobre el que se erige el puente es el punto de unión de dos fiordos a través del que pasan 400 millones de metros cúbicos de agua salada mecidos por las mareas. Unido a una diferencia de altura de 1 metro entre el nivel del mar y el fiordo, el resultado es una corriente de agua que provoca una sucesión de remolinos de 10 metros de diámetro y hasta 5 metros de profundidad que desprende una fuerza estremecedora.

Con las gónadas un poco encogidas seguimos hacia Bodo y nos zambullimos de nuevo entre obras, un caza sobrevolando la ciudad, semáforos y el tráfico más intenso que vivimos en toda la ruta hasta llegar a otra espera en el puerto. Íbamos a tomar el último ferri del viaje y sería el más largo, más grande y más aburrido de todos: 3 horas y 15 minutos.

Por suerte, todos los ferris por pequeños que sean cuentan con una zona de descanso que, el el caso de este enorme barco era una especie de mini-centro comercial con cafetería, terrazas, miradores, zona infantil... Vamos, un crucero a escala.

Tras las fotos de rigor, matar el tiempo con el móvil, escribir un poco y comer lo que pudimos, aprovechamos para hacer lo mejor que haces en los ferris y llevas mucha paliza acumulada: dormir. Bueno, eso si la gente de alrededor te deja y si encuentras una butaca que sea cómoda, que no siempre es el caso.

Al otro lado nos esperaban el puerto de Moskenes, en las Islas Lofoten, un mundo aparte dentro de la propia Noruega, aunque primero tuvimos que encontrar nuestra moto en el interior de un enorme barco de varias bodegas. Sí, la "perdí", o no la encontré a la primera mejor dicho. Ni a la segunda.

Desembarcamos bastó hacer unos pocos kilómetros para darnos cuenta de que nos encontramos ante un nuevo mindblow. El paisaje se volvió más costero con poblados pesqueros en tonos rojos que se levantaban sobre aguas totalmente cristalinas y fondos de color blanco. Una palabra tan manida como pintoresco se queda corta para describir aquellas imágenes de construcciones en madera, enormes estructuras para colgar las redes, secaderos de pescado al aire libre...

Poco después, otro shock. Repostamos y al minuto nos encontramos con zonas de playas idílicas con una arena suave y blanca como el marfil que se abrían a un mar totalmente calmado, cristalino y rematado por enormes montañas kilómetros océano adentro. Había que frotarse los ojos porque parecía absolutamente irreal. Por supuesto, fue una parada tan obligada como la necesidad de probar cómo estaba el agua y, aunque no hacía calor precisamente, su temperatura era similar a la del norte de España.

Ahora con las botas llenas de arena seguimos saltando de playa en playa, descubrimos incluso a unos optimistas aprendices de una escuela de surf. Al final de nuestra ruta nos aguardaba Lofoten Camp, y cuando llegamos... ¡boom! Era un campamento real, junto a otra idílica playa que miraba al norte para vivir una de las noches más mágicas ya no del viaje, sino de toda nuestra vida.

Instalados en típicos tipis (o tepee​, o teepee, al gusto de cada uno) nos esperaba en la cabaña principal una suculenta barbacoa. Envueltos en pieles de reno y arrimados a la lumbre para mantener el calor, disfrutamos de la última comida del día, además, mientras el dúo noruego Robaat ponía banda sonora autóctona.

Lo de disfrutar adquirió un sentido superlativo a medida que avanzaba la "noche". Hospedarnos en este punto tan distinto tenía una justificación. Tras encender la gran hoguera de la playa, en torno a las 2:00 pudimos ver cómo el sol de medianoche bajaba hasta el horizonte, besaba el océano y volvía a alzarse. Un momento glorioso que puso el broche final a otro día inigualable.

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