No es una réplica ni un simple cambio de colores: es un proyecto artesanal obsesivo que convierte un icono del motorsport en scooter
En 1991, Mazda ganó Le Mans con el 787B (un coche con motor Wankel) y dejó para siempre una de las imágenes más icónicas de la resistencia: un coche naranja y verde, con un diseño imposible y un motor rotativo que sonaba a otra galaxia.
Décadas después, esa victoria ha acabado convertida en scooter. No en un guiño superficial, sino en una Vespa PX llevada al extremo para rendir tributo, de verdad, a aquel prototipo de Grupo C.
Cuando Le Mans se sube a una Vespa: el homenaje más improbable al Mazda 787B
La base es una Vespa PX80 de principios de los '80, una moto humilde, lenta y pensada para sobrevivir al día a día. Justo lo contrario de un 787B de Le Mans. Pero ahí está la gracia. Su creador, recoge EXIF, un vespista alemán con décadas de experiencia en el mundillo, no buscaba una réplica literal, sino trasladar el espíritu de aquel Mazda a dos ruedas, sin perder la esencia scooter.
El proyecto empezó sin una idea clara de decoración. La chispa llegó más tarde, cuando el concepto ya estaba rodando: una Vespa radical, con carrocería recortada y un tren delantero de Lambretta, pedía a gritos una estética de carreras. Gulf era demasiado obvio. JPS, demasiado sobrio. Entonces apareció el recuerdo del 787B, con su historia improbable y su decoración imposible de olvidar.
A partir de ahí, todo se alineó. El pequeño motor original desapareció sin contemplaciones y dio paso a una mecánica mucho más seria, con base de 200 cc, cilindro de carreras, refrigeración líquida y una lista interminable de piezas modificadas o directamente fabricadas a mano.
El nivel de detalle es el que separa un buen custom de algo especial. Hasta las ruedas imitan las míticas Volk Racing del Mazda, el frontal adopta soluciones aerodinámicas inspiradas en el coche y la carrocería ha sido cortada, estrechada y rediseñada hasta que nada queda realmente de serie. Incluso el chasis ha sido reforzado para prescindir de elementos estructurales originales y ganar limpieza visual.
La decoración merece capítulo aparte. Adaptar un diseño pensado para un prototipo de resistencia, lleno de aristas y superficies planas, a las curvas suaves de una Vespa fue uno de los mayores retos del proyecto. No se trata solo de pintar, sino de conseguir que los colores, las líneas y los cortes tengan sentido desde cualquier ángulo. Horas y horas de enmascarado, medición y ajustes hasta que todo encaja como si siempre hubiese sido así.
Los detalles finales terminan de explicar el nivel de locura: placas conmemorativas inspiradas en el motor rotativo, interruptores y testigos que recuerdan al cockpit del 787B, tapas, rejillas, anclajes rápidos y hasta referencias exactas a la victoria de Le Mans del '91, con nombres de pilotos incluidos. No es una Vespa “pintada como”, es una interpretación completa.
El resultado no es rápida en términos absolutos, ni falta que hace. Esta Vespa no compite en cifras, compite en concepto. Es una carta de amor al motorsport, al detalle artesanal y a esa idea tan poco razonable de invertir años de trabajo en algo que no tiene sentido práctico alguno. Precisamente por eso funciona.
Porque hay proyectos que no se hacen para ganar carreras, ni likes, ni dinero. Se hacen porque alguien, en algún momento, decidió que una Vespa también podía rendir homenaje a uno de los coches más legendarios de la historia. Y siguió adelante hasta hacerlo realidad.
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