Ni radares ni coches eléctricos. Los Ángeles ha encontrado la solución definitiva para combatir el calor: pintar las carreteras de blanco

La1

El experimento funciona, pero también ha dejado claro que enfriar una ciudad es mucho más complicado que cambiar el color del asfalto

John Fernández

El calor tiene muchas formas de acumularse, pero el asfalto, y bien lo sabemos los motoristas, es una de las más implacables. En ciudad se nota aún más, y no es solo una sensación; las grandes ciudades pueden registrar varios grados más que sus alrededores debido al conocido efecto de "isla de calor".

En consecuencia, se lucha contra ello. Por ejemplo, Marruecos lo intenta con carreteras con agua, Barcelona con millones de huesos de aceituna y la protagonista de hoy, Los Ángeles, con pintura blanca.

Funcionó, aunque con un pero

El color blanco es sinónimo de repeler el calor. La premisa es sencilla: si el negro absorbe el calor, ¿por qué no pintar las calles de blanco para reflejar los rayos del sol? Bueno, pues la teoría parece, efectivamente, impecable. Sin embargo, la práctica ha demostrado que la realidad es bastante más compleja.

El proyecto empezó con un revestimiento especial conocido como CoolSeal, que ves una pintura con fines militares capaz de reflejar la radiación solar. Con eso, Los Ángeles pretendía rebajar la incesante temperatura del asfalto y hacer más soportables los veranos en la que es una de las mayores islas de calor del planeta tierra, pero en formato ciudad.

De hecho, los primeros resultados parecieron funcionar: en algunas zonas llegaron a registrar hasta cinco grados menos respecto al pavimento de siempre.

Pero se les escapó un detalle: bajar la temperatura del suelo no significa necesariamente que quienes circulan por encima pasen menos calor.

Naturalmente, estudiaron el fenómeno, y diversos estudios posteriores comprobaron que esa energía rebotaba en los edificios, fachadas y hasta peatones. Porque sí, el asfalto ya no absorbe el calor, pero alguien lo recibe, y los beneficios desaparecen.

A esa limitada, digamos, eficacia, se suma otro problema: el dinero. Repintar calles no es gratis, y teniendo en cuenta que Los Ángeles tiene más de 37.000 kilómetros en vías, el tratamiento costaría la friolera de 1.300 millones de dólares. Y no con eso bastaría.

Reducir el efecto isla de calor exige actuar sobre muchos más factores: aumentar las zonas verdes, plantar árboles, crear superficies permeables, modificar el diseño urbano o mejorar los materiales utilizados en edificios y pavimentos.

Imágenes | Aspar Team

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