No todo en la historia de Harley-Davidson son motos; los yanquis también se metieron en jardines, lagos, fábricas y perfumerías
Durante más de un siglo, Harley-Davidson ha sido sinónimo de custom y libertad en carretera. Pero la marca de Milwaukee también se ha metido en jardines, lagos, fábricas y hasta perfumerías. Algunos inventos funcionaron, otros son hoy piezas de coleccionista, y unos cuantos acabaron en el museo de los fracasos.
Si hace poco conocíamos que la marca yanqui de motos también contaban con Buel, Cagiva o MV Agusta entre sus filas, o que incluso tuvo hasta autocaravanas, hoy la cosa va más allá.
Cortacéspedes, barcos, cohetes, golf carts, Utilicar y hasta colonias
Cortacéspedes con motor Harley. En plena Gran Depresión, Harley encontró una forma curiosa de sobrevivir: fabricar motores monocilíndricos para los cortacéspedes Overgreen de la Worthington Mower Company. Era 1929, y los mismos que hacían rugir las bicilíndricas en carretera servían también para cortar césped en campos de golf. Antes lo hacía Indian, pero la rivalidad acabó en favor de Harley. No fue un fracaso: en plena crisis, esos ingresos adicionales ayudaron a mantener a flote la marca, aunque a finales de los años 30 volvió a centrarse en lo suyo.
Barcos y cohetes, ¿por qué no? En los '60, Harley se metió en el agua con la compra de Tomahawk Boat Manufacturing, fabricante de pequeñas lanchas. El experimento duró poco: solo cinco años después, en 1965 ya habían dejado de producir barcos y reconvirtieron la planta en fábrica de piezas.
En paralelo, se lanzaron al cielo con el motor cohete LR-64, destinado a drones militares de entrenamiento. No eran cohetes gigantes, pero sí un negocio rentable que mantuvo a Harley vinculada a la industria aeroespacial hasta los 90.
Carritos de golf y 'Utilicar', el éxito inesperado. Poco después, en 1963 nacieron los carritos de golf Harley-Davidson. Primero de gasolina y con tres ruedas, luego eléctricos y de cuatro. Eran tan peculiares que para meter la marcha atrás había que apagar el motor, y se manejaban con un timón central como si fueran un barco. Funcionaron tan bien que AMF (propietaria de Harley en aquella época) siguió con el negocio hasta venderlo en 1982 a Columbia Par Car.
De ahí surgió el Utilicar, una especie de mini furgoneta con cabina cerrada y versiones eléctricas para interiores industriales. Sirvió para carteros, vigilantes y trabajadores de fábricas. Una Harley sin cromados, pero con caja de carga.
El mayor patinazo: las colonias Harley. En los '90, Harley vivía su edad de oro: había listas de espera para comprar una Fat Boy y los concesionarios hacían caja sin esfuerzo. Embriagados por ese éxito, decidieron vender perfumes en alianza con L'Oréal. Se llamaban Hot Road y prometían “el aroma de la libertad”, con fragancias como Destiny Man o Black Fire. El problema es que el verdadero olor Harley era gasolina, aceite y cuero. El invento se hundió en ventas y hoy ocupa un lugar de honor en el Museo del Fracaso en Suecia.
La historia de Harley-Davidson demuestra que no siempre basta con un logo mítico para triunfar fuera de tu terreno. Entre cortacéspedes, barcos, golf carts y colonias, Milwaukee ha probado de todo. Pero al final siempre vuelve al mismo punto: fabricar motos que suenen, vibren y huelan a lo que de verdad engancha a sus seguidores.
Imágenes | eBay, Wikimedia COmmons / Dual Freq
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