Hubo un buen día en el que Yamaha pasó de las motos a los coches, y el resultado costaba casi 600.000 euros
Hubo un momento a principios de los años ‘90 en el que Yamaha estuvo peligrosamente cerca de hacer algo que hoy llamaríamos sin dudarlo un ‘hypercar’. Para nosotros, moteros, como una superbike, pero en coche.
Y no, no era un prototipo de salón ni un ejercicio de diseño. Lo que los de Iwata tenían entre manos era un coche real, con matrícula y motor de Fórmula 1. Se llamaba Yamaha OX99-11 y apareció en 1992, cuando ni siquiera la palabra 'hypercar' existía.
Yamaha también tiene mucho que ver con la F1
Para entender por qué Yamaha llegó a eso, hay que mirar un poco más atrás. Mucho más. Porque Yamaha no es solo una marca de motos, por mucho que la identifiquemos con las R, las MT o las Ténéré. Desde los años ‘60 lleva metida hasta el cuello en el desarrollo de motores de coche, casi siempre en la sombra. El caso más famoso es el Toyota 2000GT, donde Yamaha puso el conocimiento clave en culatas, respiración y altas revoluciones. A partir de ahí, Toyota volvió a llamar una y otra vez. Lo que pasa es que muchos desconocen esto.
Durante décadas, los motores más especiales de Toyota han tenido algo de Yamaha dentro, aunque no lo pusiera en ningún sitio. Cuatro cilindros que estiraban como locos, seis en línea casi indestructibles y, más adelante, hasta V8. Eran un comodín entre japoneses.
Esa misma obsesión por el flujo de aire y el régimen de giro se trasladó a las motos. Sin ir más lejos, el sistema Genesis de cinco válvulas por cilindro no fue una extravagancia; fue, más bien, una solución técnica real pensada para respirar mejor a altas vueltas e ir más rápido y desahogado. Evidentemente, dieron con la clave. El siguiente paso natural fue preguntarse: "¿y si lo llevamos más lejos?". Vaya que si lo hicieron…
La respuesta fue la Fórmula 1. Yamaha se metió en el circo (otra cosa que muchos desconocen), aprendió a base de golpes (sobre todo en fiabilidad) y salió con una idea muy clara: si ya tenían un V12 de F1, ¿por qué no hacer algo completamente fuera de escala? Quizá esa aventura saliese mejor que los motores de F1.
Así nació el OX99-11. Los nipones hicieron un coche con chasis monocasco de carbono, suspensión push-rod, llantas monotuerca, posición de conducción central (detallazo) y un V12 atmosférico derivado directamente de la experiencia que habían conseguido en la F1. Si bien no estaba inspirado en un coche de carreras, era directamente un coche de carreras… Pero para calle, porque sí, estaba homologado.
Visto con ojos de hoy, cuesta no pensar que Yamaha se adelantó décadas. Además seguía el patrón de las grandes marcas de coche exclusivas: producción ultralimitada, precio desorbitado, cero preocupación por la practicidad y una filosofía muy radical. Pues Yamaha lo estaba intentando en 1992.
El problema fue el contexto. Japón entró en crisis tras el estallido de la burbuja económica, los costes se dispararon y, para colmo, casi al mismo tiempo apareció el McLaren F1, que enseñó al mundo cómo podía ser un coche radical sin renunciar del todo a la usabilidad. La comparación no jugaba a favor del Yamaha, que era mucho más extremo y mucho menos amable.
Así que, la mala suerte y el contexto hicieron que el proyecto se quedase por el camino. Con un precio que rondaba los 100 millones de yenes de la época (unos 539.000 euros, que para la época era una barrabasada), Yamaha pedía a los clientes algo muy concreto: confiar en ellos no como socio técnico, sino como fabricante de coches. Y eso, en aquel momento, era un salto demasiado grande.
Aunque aquello no fuese exitoso, no creáis que Yamaha lo escondió con vergüenzas. Más bien todo lo contrario; hoy los de Iwata lo exhiben con orgullo, no como un fracaso, sino como una declaración de intenciones. Lo curioso es que, mientras ese sueño se apagaba, Yamaha seguía dejando huella en el mundo real. Ahí está el motor del Ford Taurus SHO, el trabajo continuo con Toyota y, años después, el desarrollo conjunto del V10 del Lexus LFA.
Imágenes | Yamaha
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