Durante más de 30 años, Japón intentó alejar a los jóvenes de las motos con la campaña de los "Tres No", hasta que descubrió que prohibir no mejoraba nada
Paradójico es que en los institutos de Japón se escuchase durante décadas "no saques el carnet de moto, no compres una moto, no conduzcas una moto". Justo en el país que alumbró a Honda, Yamaha, Suzuki y Kawasaki.
Era la llamada campaña de los "Tres No" que empezó en 1982, justamente en plena época expansionista de las marcas japonesas de moto. Y no fue cosa del Gobierno japonés, sino más bien una corriente impulsada por las escuelas, sindicatos y asociaciones de padres. Ninguno de ellos querían a sus hijos sobre una moto.
El nacimiento del “Movimiento Tres No”
Hablamos de los '80, época de florecimiento del motor. Los ciclomotores eran la norma entre los chavales (lo que ahora vienen a ser los patinetes eléctricos), y las motos ligeras y rápidas empezaban a verse como elementos de diversión. Evidentemente, llegaron los accidentes entre los adolescentes.
En aquel Japón que crecía a ritmo industrial, las calles se llenaron de scooters, 50 cc y deportivas pequeñas. Y también de bandas juveniles como los bosozoku, que convirtieron la moto en símbolo de rebeldía. Para una sociedad tradicional y muy orientada al orden, aquello fue una alarma cultural además de vial.
Tanto orden... Tanta restricción. Era evidente que pasaría, y la respuesta fue tan drástica como prohibiciones escolares para sacarse el carnet de moto, o directamente para poseerlas, amén de la presión social directa para que los jóvenes no llevaran motos. Durante años, ser chaval y tener moto fue una línea roja prácticamente inexpugnable.
Y funcionó. Las ventas internas cayeron entre las generaciones jóvenes y la afición perdió peso en casa… Mientras las marcas japonesas arrasaban en exportaciones por medio mundo.
Seguridad sí, prohibición no: la visión de los fabricantes
Lo curioso e incluso paradójico es que los propios fabricantes ya llevaban años trabajando en seguridad antes de que explotara el movimiento. En 1975 Japón implantó carnets por cilindrada y el casco pasó a ser obligatorio en todas las vías.
Pero mientras la campaña apostaba por la prohibición, figuras como Soichiro Honda defendían otro enfoque: educar en lugar de vetar. El fundador de Honda llegó a escribir que, si la preocupación era la seguridad, la escuela debía enseñar normas y riesgos en vez de retirar las motos del alcance de los jóvenes.
Así que Honda llegó a crear centros de conducción segura (que incluso duran hasta el día de hoy, como el que hay en España). Yamaha, por su parte, desarrolló también cursos de conducción, escuelas de ciclomotor y eventos masivos como el Yamaha Grand Sports Festival en el circuito de Fuji, con decenas de miles de asistentes.
Gunma: cuando los “Tres No” se volvieron en contra
La situación duró años. Tanto que, décadas después, llegó la sorpresa. En la Prefactura japonesa de Gunma (bien conocida por su fuerte cultura al motor y por albergar factorías de Subaru), las autoridades analizaron las cifras, y su conclusión fue que la campaña de los "Tres No" podía haber contribuido al problema.
Claro, argumentaban que, al alejar a los estudiantes de cualquier contacto reglado con las motos, se generó un déficit formativo. En 2014, entonces, pusieron en marcha un comité especial que rediseñó la estrategia: más clases prácticas, seminarios con la policía, pruebas de conocimientos para bicicletas, formación específica para profesores y cursos de seguridad para motoristas jóvenes.
¿Qué pasó? Cambio radical. Con datos en la mano se dieron cuenta de que eliminar oficialmente la campaña no provocó un boom descontrolado de licencias ni un aumento masivo de accidentes. La moto, para muchos jóvenes de Gunma, no era un capricho deportivo, sino una necesidad práctica para ir a clase o trabajar.
Tres décadas de freno cultural
Y así fue como Japón ha perdido generaciones y generaciones de moteros a causa de una campaña del sistema contra las motos. Ya en los 2000 empezó a perder fuerza, pero llevaban casi 20 años con ella. De hecho, no desapareció oficialmente hasta 2017 en muchas regiones.
Evidentemente, marcar a los jóvenes con no montar en moto durante 30 años tiene consecuencias.
Visto con perspectiva, la historia deja una pregunta incómoda: ¿se puede mejorar la seguridad apartando a la gente de la formación real? Japón terminó reconociendo que no.
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