Por qué las motos son cada vez más feas. No es culpa de las leyes, es la obsesión por la tecnología inútil

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  • Más potencia, más electrónica y más versatilidad han convertido a las motos modernas en máquinas extraordinarias

  • La duda es otra: ¿siguen siendo igual de especiales?

John Fernández

¿Y si las motos ya no son especiales? Quedan pocas de esas. Porque, si echamos la vista atrás (y hace no tanto), hubo un buen tiempo en el que una moto era una idea tremendamente simple: dos ruedas, un motor, un depósito y poco más. Ni eran cómodas, ni rápidas, ni pretendían hacerlo todo.

Pero tenían algo que hoy cuesta encontrar (hasta en los humanos): personalidad definida.

Quizá el problema no sea la tecnología

¿Qué queremos decir con personalidad? Pues que una trail era una trail, una RR era una RR y una naked era una naked, y cada una con sus defectos (muchos) y virtudes (no tantas). Precisamente por eso tenían carácter.

La moto te obligaba a adaptarte a ella y no al revés; aprendías de sus manías, a entender cómo frenaba semejante cacharro, a interiorizar cómo giraba o cómo entregaba la potencia. Entonces, en eso consistía la experiencia, pero hoy, el planteamiento es justo el contrario.

¿Por qué? Pues porque las motos actuales son objetivamente mejores en el sentido de que frenan más fuerte, consumen menos y son más seguras, sus motores son más eficientes y sus chasis, avanzados. Eso no lod iscutimos.

La cuestión es si hemos cruzado un punto en el que la tecnología ha dejado de ser una ayuda para convertirse en parte central de la experiencia: control de tracción, ABS en curva, IMU de seis ejes, modos de conducción, suspensiones electrónicas, control de crucero adaptativo, radares, quickshifter, freno motor configurable...

Así, hace años, te subías a una moto y la conducías. Ahora, en algunos modelos, primero debes decidir cómo quieres que funcione (que no es malo, pero sí cambia esa relación piloto-máquina que los japoneses tanto se esmeraron en desarrollar).

Quizá el mejor ejemplo sea el fenómeno de las trail y crossover, las reinas absolutas de las ventas, con los datos en la mano. Tiene lógica: sirven para viajar, para ir al trabajo, para rutear, llevar pasajero, entrar en pistas ocasionales o para recorrer media Europa; son, simplemente increíbles.

El problema es que para hacerlo todo también necesitan ser cada vez más grandes, más complejas y más pesadas, y pierden personalidad en el camino. El resultado son motos capaces de prácticamente cualquier cosa... pero que muchas veces se alejan de aquella ligereza que definió el motociclismo durante décadas.

Otra contradicción absoluta es la paradoja de los 200 CV; muchas superbikes superan esa cifra actualmente, auténticas maravillas de la ingeniería. Pero, ¿nos hemos parado a pensar cuántas veces puede un motorista utilizar realmente esos 200 CV en una carretera abierta? Spoiler: ninguna.

La paradoja es que compramos motos capaces de hacer cosas maravillosas para utilizarlas, la mayor parte del tiempo, muy lejos de sus límites mientras una naked de 80 CV, una monocilíndrica ligera o una deportiva de media cilindrada permiten exprimir mucho más de su potencial real.

La tecnología no es el enemigo, el debate es otro: ¿cuánto podemos añadir antes de empezar a restar? Porque parte de la magia del motociclismo siempre estuvo en su simplicidad. En sentir el viento, la lluvia, el frío. En coordinar embrague, acelerador y cambio. En dominar una máquina que exigía algo de nosotros.

Imágenes | Honda, Ducati

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