¿Adiós a las motos de baja calidad? Han desaparecido, y ni las motos chinas se libran, pero hay un culpable

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La industria de la motocicleta ha cambiado radicalmente en los últimos veinte o treinta años, ¿pero tanto como para decir que ya no hay motos malas?

John Fernández

En 2026, que alguien vaya a un concesionario y trate de comprar una moto pésima. Pero pésima que digas, "no hay por donde cogerla, es insegura". Ni un Vespino de los años '80.

Eso nos hace preguntarnos lo siguiente: ¿podemos afirmar ya que las motos de baja calidad ya no existen? Tenemos pruebas y pocas dudas al respecto.

Las motos actuales juegan en otra liga

Porque, con contexto y perspectiva, si echamos la vista atrás unos años, hablar de una moto "mala" era relativamente sencillo: había modelos con averías recurrentes, problemas eléctricos constantes, carburaciones imposibles de ajustar o motores capaces de dejar tirado a su propietario en cualquier momento.

¿Hoy? Hoy ya no. La situación es tan diferente que la pregunta ya no es qué moto es poco fiable, sino si realmente siguen existiendo las motos de baja calidad. La respuesta desde un punto de vista técnico es que prácticamente han desaparecido.

Bien es cierto que la industria de la moto ha cambiado radicalmente, como todo en este mundo. Pero en los últimos 20 o 30 años ha sido sustancial; ¿la culpa? De las exigentes normativas de emisiones, los sistemas de seguridad obligatorios, los controles de calidad y una competencia feroz entre fabricantes han elevado el nivel medio del mercado hasta cotas impensables.

Gracias a eso hoy ya no tenemos motos malas. O al menos indecentes. Y la prueba es que hasta la última moto barata viene con tecnologías, materiales y procesos de fabricación que antes estaban reservados a modelos de gama alta: ABS, inyección electrónica, diagnosis en marcha, controles de producción... Ya nada es igual.

Sería de Perogrullo decir que todas las motos son perfectas, porque no lo son. No tenemos más que ver las últimas supersport japonesas. Pero es cierto que encontrar motos objetivamente malas es complicado.

Seguro que los más veteranos recuerdan la época en la que quedarse tirado no era excepcional; problemas de encendido, cables, averías, carburadores, vibraciones... La diferencia entre fabricantes también era mucho más evidente (que no significa que hoy no lo sea, pero menos).

Raro es el motor que no recorre cientos de miles de kilómetros con un mantenimiento adecuado. Pero eso no libra de que las modernas estén exentas de problemas; lo único que ha cambiado es la naturaleza de esos problemas.

Si antes el temor era que el motor dejara de funcionar, ahora la preocupación suele centrarse en la electrónica: sensores defectuosos, errores de software, actualizaciones pendientes o incidencias en las centralitas son algunos de los nuevos desafíos de la movilidad moderna.

Pero, hasta con esos fallos, hoy comprar una moto es mucho más seguro. Quizá la mayor transformación de la industria sea precisamente esa. Construir una moto técnicamente sólida se ha convertido en algo relativamente común. Lo realmente difícil es diseñar el producto adecuado para el público adecuado.

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