
Hablamos siempre de la vieja escuela con añoranza, pensando casi que cualquier tiempo pasado fue mejor. Recordamos pilotos como héroes del pasado, tan convertidos en leyenda que a veces uno duda si de verdad existieron. Se dice como aquellos ya no quedan, que la competición sobre dos ruedas ha perdido todo el romanticismo que tenía y se ha visto invadida por intereses económicos millonarios que actúan como motor relegando la pasión que podía respirarse antes a un papel secundario. Cuando tenemos la cabeza en estos temas son las imágenes de Kevin Schwantz y compañía las que se aparecen. Sin embargo, tal y como hemos visto anteriormente, la historia del motociclismo está plagada de auténticos soñadores menos conocidos. Uno de ellos fue, sin duda alguna, Burt Munro.
No hizo historia por cosechar innumerables campeonatos del mundo, ni por hacer adelantamientos imposibles o tumbar hasta límites insospechados. No. Burt fue una de esas personas que siguen un sueño, que a pesar de encontrarse con decenas de barreras aparentemente infranqueables se armó de valor, paciencia y agallas para superarlas una a una hacerlo realidad. Pocos creyeron en él al principio, pero la fe en sí mismo fue suficiente para lograrlo y hacer de su vieja Indian Twin Scout la más rápida del planeta.









