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GC Tráfico

Apenas crucé el umbral del semáforo de una de las avenidas principales de la ciudad, supe que algo iba a suceder. Llámalo intuición, instinto, o sensibilidad especial en la nuca, a unos beneméritos ojos clavados en el caso. En ese mismo instante de sensaciones, me adelantó a toda velocidad un coche que nada más rebasarme desplegó todo una arsenal luminoso, como el mejor y más grande anuncio de Times Square.

En esta ocasión el anuncio en letras rojas era bien claro “Atención Guardia Civil, deténgase” y ya sabéis que ante semejante misiva no queda otra que acompañar al coche de iluminación navideña hasta donde tenga a bien detenerse. Buenas noches. Buenas noches, agente. ¿No ha visto que se ha pasado el semáforo en rojo?

Antiguo coche de GC Tráfico

Disculpe, pero le puedo asegurar que cuando estaba justo debajo del semáforo este se encontraba en ámbar.

En ese mismo instante me vino a la mente una anécdota que leí hace tiempo del maestro Reverte, en la que contaba que hace más de treinta años conducía por una carretera del sur de España y en un cambio de rasante, con el espacio justo para ponerse a la derecha sólo unos palmos antes de la línea continua. En ese momento, una pareja de motoristas de la Guardia Civil coronaba la rasante. El primero de ellos, creyendo desde su posición lejana que había pisado la línea, hizo gestos enérgicos para que detuviese el coche. Paró en el arcén, seguro de que no había llegado a infringir las normas.

Se le acercó un joven benemérito, corpulento, hosco y contaba literalmente Pérez Reverte que le dijo: Ha pisado usted tal y cual,. Me bastó echarle un vistazo a su cara para comprender que de nada servía discutir. «¿Quién está al mando?», pregunté con mucha corrección. Me miró, desconcertado. «El cabo», respondió, señalando al compañero que había estacionado la Sanglas al otro lado de la carretera.

Salí del coche, crucé el asfalto y me acerqué al cabo. Era veterano, bigotudo. «Pagaré la multa con mucho gusto», dije. «Sólo quiero pedirle que antes me permita hacerle una pregunta.» Me miraba el guardia suspicaz, sin duda preguntándose a dónde quería ir a parar aquel fulano redicho que tenía delante. «¿Me da usted su palabra de honor, proseguí, de que me ha visto pisar la línea continua?» Me estudió un rato largo, sin abrir la boca. Al cabo hizo un seco ademán con la cabeza. «Puede irse», respondió. Entonces fui yo quien se lo quedó mirando. «Gracias», dije. Le tendí la mano y él, tras una brevísima vacilación, me la estrechó. Di media vuelta, subí a mi coche y me fui de allí. Fin de la historia.

Y ahora intenten imaginar hoy una situación parecida. «¿Me da usted su palabra de honor, señor guardia?» El motorista revolcándose de risa por el arcén, con el casco puesto. Y luego, con toda la razón del mundo, haciéndome soplar en el alcoholímetro y calzándome tres multas: una por pisar la continua, otra por ir mamado y otra por gilipollas.

Hippies en Vespa Rosa

Pues algo parecido imaginaba en mi cabeza, supe por la cara del señor guardia que de nada iba a servir discutir, pero a diferencia que Pérez Reverte en esta época que vivimos daría igual apelar a su palabra de honor. No hizo falta tan siquiera. Su intención estaba clara, o eso me pareció a mí. Este mes vamos escasos de denuncias y hay que poner las máximas posibles en el menor tiempo. Así con esta sentencia me despachó 200 Euros del vellón.

Mire, no le voy a multar por el semáforo en rojo ya que le quitan puntos, pero tenga claro que si le voy a multar por pasárselo en ámbar.

Fuera como fuere, me multo por la infracción que había cometido, pasar el semáforo en ámbar sin detenerme, y no por la que se imaginó desde su posición. Además, sin tener que apelar a su honor. Lo triste es que lo hizo por cumplir con su cupo de multas, cuando circulábamos los dos solos a las doce de la noche por una amplia avenida desierta, sin ningún peligro para la circulación. Ya que esta simplemente, no existía.

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